Mujer iroqués

lunes, 17 de octubre de 2016

UN INSTANTE, Y SÓLO UNO


Hace un par de meses el ayuntamiento de Madrid decidió suprimir del callejero la calle de Millán Astray. La mayoría de la gente no recuerda gran cosa de ese personaje, más allá de que era un jefe de la Legión (de hecho fue su fundador), así que la noticia habría pasado desapercibida de no ser por el consabido grito en el cielo de la caverna cada vez que alguien toca alguno de sus símbolos sagrados. Dado que Millán Astray forma parte de la mitología franquista, han llovido las usuales denuncias de revanchismo, populismo stalinismo, bolivarianismo y otros tantos términos acabados en ismo, como Pepe, Culo, Bacinilla y Casa.

(Un besazo, Susana)

Los quejosos recitan, en defensa de Astray, sus virtudes intelectuales, su preocupación por los menesterosos y sus arraigados valores cristianos. Afirman que la Legión, al borrar el pasado de sus miembros, unía bajo sus banderas a todos indistintamente de que fueran de derechas, anarquistas, comunistas, socialistas... y era ajena a cualquier preferencia política. Añaden que el nombre de Millán Astray estaba ahí antes de la Guerra luego su persona es ajena al conflicto civil. En su descargo (porque las conspiraciones son cosas muy feas), declaran que el general no participó en el golpe y sólo se sumó tras el mismo, siendo un personaje muy secundario en la lucha. Finalmente afirman que todo se debe al célebre encontronazo de Astray con Unamuno y rechazan que se juzgue a un personaje histórico por un hecho aislado.

No voy a discutir la mayoría de esos argumentos. No dudo de la capacidad intelectual de Astray, de su buena voluntad para con los desposeídos (entre otras cosas insistió en alfabetizar a los legionarios que no supieran leer o escribir) ni del hecho, indudable, de que no participó en la planificación del alzamiento y sus labores tras el mismo se limitaron, principalmente, a la propaganda (aunque eso no es algo inofensivo, y en esa labor demostró un servilismo muy lamentable hacia Franco, pero esa es una valoración estrictamente personal.

Mi discrepancia es en el argumento final, que, de hecho, es el único significativo. No es justo juzgar a una persona por un solo hecho, pero no se trata de juzgar, sino de lo que queda después, de lo que se graba en la memoria. Y la realidad es que la imagen que se construye de la mayoría de los personajes históricos se basa, precisamente, en uno o dos sucesos descollantes.

Esto no afecta sólo a los actores secundarios. Incluso en las figuras realmente complejas podemos ver esos destellos que ensombrecen el resto. Podríamos decir que, en casi todas las vidas, hay un momento decisivo, y es ese momento el que quedará grabado a fuego.

Fijémonos en el protagonista del Alzamiento, el general Francisco Franco. Podría haber sido uno más de los dictadores filofascistas surgidos en los años 20 y 30 a la sombra de Mussolini, como Antonescu o Horthy, pero de todos ellos fue el único lo bastante astuto como para no dejarse arrastrar por la estela de Hitler. Así pues, el momento clave en la vida de Franco es la entrevista de Hendaya, donde, sea por instinto, por orgullo, o por pura Barakah, no se comprometió. A partir de ahí deja de ser uno más de los muchos espadones de nuestra historia para convertirse en una figura única.

Veamos otro nombre mucho más destacado en la Historia. Winston Churchill fue un personaje de primera plana desde la Guerra de los Boers hasta su retiro en los años 50, y su biografía da para llenar tantos libros que podríamos dedicarle una enciclopedia. Sin embargo, el punto álgido de su vida es el Blitz, cuando Inglaterra yacía bajo las bombas y todo parecía perdido. Y es entonces cuando Churchill mantiene en pie a la nación y pronuncia sus más célebres palabras. Da igual que su política hacia la India fuera racista o incluso genocida, que sus planes de guerra acabaran en atroces desastres militares o que en su último mandato mostrara una ceguera absoluta a la realidad del siglo XX. Todo palidece ante la imagen del anciano endurecido que se niega a reconocer la derrota, que promete sangre, sudor y lágrimas, y que termina el discurso más célebre de la historia de Gran Bretaña afirmando, no nos rendiremos jamás.

Hiciera lo que hiciera en su vida, María Antonieta será siempre la de los pasteles. Por muchos títulos mundiales que atesore, Foreman perdió en el mayor combate de boxeo de todos los tiempos. Fuera de los medalleros, Carl Lewis o Usain Bolt pasarán y serán olvidados porque Jessie Owens sigue ganando una y otra vez los juegos de Berlin y humillando al nazismo, y su sombra es demasiado poderosa como para que ningún otro atleta pueda brillar a su lado (y Leni Riefenstahl será recordada porque inmortalizó ese momento en Olimpia)

Si miramos con neutralidad a Millán Astray, su persona no brilla demasiado en nada relevante. No es el vencedor de ninguna batalla trascendental. Sus libros no pasan de estar correctamente escritos. Sus estudios sobre Japón no van mucho más allá de la fascinación (muy común en Europa en esos años) por el bushido. Lo único destacable de su vida personal es su enamoramiento en la madurez y posterior huida con su amante Rita Gasset a Portugal (y no es poco, alguien capaz de enamorarse y arriesgarlo todo por ello siempre merecerá mi respeto y una sonrisa).

Por desgracia para él, su momento clave fue también el de Unamuno, y estoy seguro de que éste era muy consciente de lo que iba a pasar. Si alguien era experto en tocar las narices a la gente y sacarla de sus casillas, ese era Don Miguel, así que el general Astray se metió en una pelea que estaba perdida de antemano. En el instante que cuenta, fracasó, aunque no fuera consciente de ello.

Le guste o no a sus admiradores, Millán Astray será siempre el hombre que gritó ¡Muera la Inteligencia! mientras España ardía. Eso es lo único que vendrá a la mente de quien reconozca su nombre en un callejero o en un libro, y esa es la razón por la que se le retira su calle.

En el día decisivo de la vida del general, Don Miguel de Unamuno venció y convenció, y ya nadie puede cambiarlo.