Mujer iroqués

martes, 26 de agosto de 2014

SIN TÍTULO

Nuestro último beso no quiso morir. Se quedó prendido en mis labios: suave, dulce, fresco. Como una brisa.

Acompañó a mi sonrisa durante semanas, las semanas se hicieron meses.

Llegó el sol de mayo y se deslizó de forma imperceptible, acomodándose en mi piel. Yo procuraba no pensar en él, no fuera que, si trataba de buscarlo con mi mirada, desapareciera por timidez.

Cada mañana, al despertar, antes de abrir los ojos, antes de ser consciente del todo, sentía ligeramente su dulzura.

Y un día supe que nuestro último beso era, de verdad, nuestro último beso.

Quizás debí dejar que se fuera con la lluvia, que el viento lo separara de mí.

Que volara al olvido.

No fui capaz.

Ese día lo busqué con cuidado, no con mis ojos, sino con una caricia, apenas rozándolo con la yema de mis dedos. Cuando lo sentí en mi mano, tomé un lápiz y un pedacito de papel. Escribí tu nombre y dejé que el beso se deslizara sobre él. Lo doblé con cuidado y, a mi vez, lo besé.

Abrí la caja. Nuestra cajita. Y guardé en ella tu nombre y nuestro beso, junto a los susurros que un día me regalaste.

A veces, cuando abro el cajón,  veo al fondo la cajita. Y sonrío, porque hay quien busca tesoros en islas desiertas, tras un sendero marcado con huesos humanos. Yo lo tengo junto a mí: un tesoro de sonrisas, de caricias y miradas, sellado con un beso que no quiso morir y duerme a salvo a mi lado, en una cajita sin llave que nadie entenderá.

Salvo tú y yo.

sábado, 9 de agosto de 2014

ALGUNAS RECOMENDACIONES_Galdós otra vez


Sigo adelante con mi relectura de Galdós, y sigo asombrado, más incluso, de hecho.

A medida que he ido avanzando en su obra, me he visto sumergido más allá de las historias que se narran en cada título.

Intentaré explicarme. Los personajes de Galdós van más allá del papel: viven. Y los escenarios de sus obras no se limitan a aportar un marco para los diálogos, nos movemos por ellos en cualquier dirección. Cuando paseo por Lavapiés, Cuchilleros, Curtidores, Embajadores... siento que camino por un paisaje conocido, y bajo el maquillaje del siglo XX veo pasar a Juan Bragas, buscando conspiradores al frente de alguna partida policial, a Benigno Cordero y los milicianos cargando contras los guardias reales por esos mismos soportales, a Miquis y sus amigos, camino de algún bar de baja estofa, al enorme Pedro Polo envuelto en una sotana a modo de embozo, a Lucila Ansúrez, dejando tras de sí un rastro de miradas incrédulas y, quizás, el carricoche que he creído ver pasar, lleve a una siniestra monja a Palacio, con falsas llagas en las manos.

Hasta aquí nada especialmente notable: un buen autor debe saber crear caracteres y escenarios. Pero estas creaciones no viven sólo mientras les leemos: una vez cerramos el libro, siguen su día a día sin preocuparse de nosotros. Así, veremos pasar a los Bringas al fondo de otra historia, o sorprendemos una conversación donde se mencionan sus nombres. Y tal vez crucemos junto a una tienda donde, sospechamos, Rosalía mira con ansia telas y ropas.

Hay tangencias inesperadas, otras que sospechamos... y todo es coherente. No es un decorado, sino un tapiz. En cada historia vemos una parte del tejido, una escena, pero los hilos que la forman no están cortados fuera de ella: se extienden más allá, se entrecruzan y, sin movernos de nuestra escena, entrevemos lo que sucede fuera de ella, y quizás veamos más adelante otro fragmento, desde otro ángulo, o desde otro tiempo. Don Francisco organiza su mudanza, y deja sitio en la pared para el retrato de nuestro viejo conocido, el adorable canalla Juan Bragas, y he aquí un hilo que nos lleva de la casa de los Bringas a los momentos más negros de la represión Fernandista. Puede que, en esas calles llenas de sangre, nos crucemos con la bellísima Genara, y la volveremos a encontrar años después, mencionada en la tercera, incluso la cuarta serie de los Episodios.

Todo encaja, y eso es lo que lo hace asombroso. Cientos de historias, centenares de personas (no personajes: personas, vivas, vibrantes) moviéndose a lo largo y ancho de la Península, África, Europa, el Pacífico... pero, sobre todo, Madrid. Y es en Madrid donde el tapiz se convierte en un caleidoscopio único.

Supongo que Don Benito se ayudaba con docenas de cuadernos repletos de anotaciones, útiles, pero el verdadero universo está en su prodigioso cerebro. Ahí, el tapiz debía cobrar una dimensión única, tan sólido como las calles que pisaba a diario y de donde sacó los materiales para construirlo, para que lo habitaran las personas que dio forma en sus obras. Y no hablamos de un ratón de biblioteca, ajeno a todo lo que no fueran sus libros, sino un vividor alegre y feliz, habitual de esas mismas calles donde Felipe Centeno le da un abrazo a José Ido, riendo juntos con esa felicidad que sólo conocen los que han compartido la miseria, y saben que no les ha vencido. Y tras ellos, Galdós, piensa cuales serán sus siguientes pasos, dónde les llevará, si les esperan días alegres o noches de angustia...

... y se retira en silencio, dejándoles disfrutar de ese instante de paz. Se lo han ganado.

Ese es el ingrediente que completa el tapiz. Quienes lo habitan, viven, porque Galdós pone vida en ellos. A veces, su propia vida, como Don Beltrán de Urdaneta, en quien veo al Galdós vividor y enamorado, o vidas que ha visto bien, las de todos los que necesitan fingir que son más que sus vecinos. La miseria que viven Tormento, los Ido, Felipe... es real, porque él la ha visto de frente, sin mirar para otro lado, como tantos otros que prefieren taparse los ojos bajo palabras vacías como "caridad". Y también ellos son reales: ni siquiera los parásitos, esos señorones que sostienen su dignidad bajo cien cuentas impagadas, son planos.

Quizás me equivoco. Quizás todo son imaginaciones mías, pero desde hace un tiempo, cada vez que abro un nuevo libro de Galdós, siento que me asomo a una puerta, y que más allá se están desarrollando vidas que nunca conoceré, y no dejo de preguntarme dónde andarán todas las personas a quienes he conocido, y qué nuevas caras aparecerán tras la próxima esquina.

Y ahora disculpadme. Acabo de empezar la quinta serie, y en medio del congreso de los diputados creo haber visto algunas caras familiares.

Voy a acercarme a saludar. Hasta luego.