Mujer iroqués

domingo, 29 de junio de 2014

LA GUERRA DE LAS MÁQUINAS (y III)

Mi texto sobre la Gran Guerra se completó con dos recuadros, limitados a 1200 caracteres. Helos aquí, ilustrados de mi propia mano

EL ARMA DEFINITIVA

Cuando Lord Fisher asistió en 1906 a la botadura del HMS Dreadnought, estaba convencido de tener ante sí el  arma definitiva. Era un diseño revolucionario, un gigante armado con diez piezas de 305 mm en torres dobles, que, pese a su blindaje de 280 mm, podía navegar a 21,5 nudos, gracias a sus novedosas turbinas de vapor. Su sola existencia dejó obsoletos a todos los buques del momento y supuso el arranque de una frenética carrera naval entre Alemania y Gran Bretaña. Ambas naciones quedaron al borde de la ruina por el tremendo esfuerzo industrial, que se saldó con ventaja inglesa al comienzo de la guerra, 24 dreadnought frente a 15.


El monstruoso gasto no se  amortizó jamás: durante la Gran Guerra no se produjo el choque decisivo para el que nacieron esos acorazados. La escuadra del Kaiser acabó sus días como chatarra en Scapa Flow y, en los años 20 y 30, muchos de los colosos aún en servicio fueron desguazados tras el tratado de Washington.


De nuevo soplaron vientos de guerra: entre 1939 y 1945 lucharon otra vez los viejos Dreadnought junto a otros más recientes y poderosos, y de nuevo de forma infructuosa. Los Bismark, Tirpiz, Yamato, Musashi, California, Arizona, Roma, Prince of Wales, Repulse… todos fueron víctimas de la némesis de los acorazados, un diminuto enemigo en el que no pensó nadie cuando se puso la quilla del Dreadnought: el aeroplano, el arma naval definitiva.

EL FANTASMA DEL DESIERTO

Lawrence de Arabia no luchaba contra los turcos sobre un blanco caballo, alfanje en mano, como le inmortalizó el cine. Él prefería usar un coche blindado. Y no uno cualquiera, porque Lawrence fue a la guerra a bordo de uno de los mejores automóviles de todos los tiempos. el Armoured Car Rolls-Royce, version militar del legendario SilverGhost, la Joya de la Corona. Los Rolls de batalla se movían por la arena y los pedregales con la misma elegancia con que lo hubieran hecho por las calles de Londres. Su motor de seis cilindros y 50 HP le permitía alcanzar los 90 km/h y su fiabilidad mecánica era asombrosa, sobre todo en  las durísimas condiciones del desierto. Protegidos por un blindaje de 9 mm, su torre giratoria armada con una ametralladora Vickers les daba una potencia de fuego muy respetable.


Lawrence y sus irregulares los emplearon en misiones de exploración y sabotaje. golpeando allí donde menos se les esperase. Tras la guerra siguieron en activo hasta 1925, cuando pasaron a la reserva. Pero los Silver Ghost aún volverían a luchar en 1940, esta vez contra las tropes de Mussolini. Finalmente, y tras varias modernizaciones, los últimos Rolls se jubilaron en 1942, reemplazados por otro automóvil de leyenda, el Jeep Willys.

Podríamos citar muchos elogios del Armoured Car Rolls Royce, pero basta con el que le dedicó el propio Lawrence: Un Rolls en el desierto vale más que un diamante.

LA GUERRA DE LAS MÁQUINAS (II)


Cadenas en el barro

Al comienzo de la guerra, el coronel E. D. Swinton pensó en acorazar los los tractores oruga Holt para usarlos en combate. Escribió un memorando y lo envió al War Office, donde la idea fue rechazada. El proyecto dio vueltas por la burocracia y, en 1915 el azar lo llevó a las manos más inesperadas: las del inquieto Winston Churchill, primer Lord del Almirantazgo.

Churchill puso toda su energía a promover la idea. Por seguridad el proyecto se camufló como un diseño de aljibes (watertanks). El nombre perduró y los tanques fueron una realidad en enero de 1916 cuando el primer carro de combate del mundo, el Mark I, entró en producción. Era feo, ruidoso, sucio y lento, pero podía atravesar cualquier terreno, y era invulnerable a las ametralladoras.

Swinton y Churchill avisaron contra un uso prematuro o inadecuado del invento pero no se les hizo caso. En julio empezó la carnicería de El Somme y en septiembre, tras sufrir 300000 bajas sin avanzar ni un kilómetro, el Alto Mando lanzó los tanques a la batalla. El 15 de septiembre los escasos carros disponibles se abrieron camino por entre las trincheras alemanas de Flers-Courcelette, ganando en unas horas más terreno que en los tres meses previos de lucha. Pero al igual que con el gas, nadie esperaba el éxito: el frente volvió a cerrarse, la matanza continuó como hasta entonces y se desperdició la sorpresa.

Los alemanes no se vieron muy impresionados por los carros, así que no tomaron muchas medidas aparte de diseñar un tanque propio, sin demasiada prisa. Por su parte los aliados vieron que el concepto era viable y encargaron miles de ejemplares y modelos más avanzados. Pero pasaría tiempo antes de que llegaran.

Tanques y ponzoña

El mariscal Haig no creía en las máquinas. Él, inspirado por el mismo Dios, seguía pensando que todo era cuestión de seguir presionando hasta que el frente cediera: después, la caballería se lanzaría en persecución del enemigo y todo habría concluido. Así que pidió más hombres y cañones para alimentar el matadero.

En Passendale los ingleses intentaron de nuevo atravesar la tierra de nadie, y dejaron en los barrizales cientos de miles de muertos. Allí, los alemanes usaron su última arma secreta, la yperita. Las máscaras no protegían, porque se absorbía por contacto. No mataba: quemaba la piel y las mucosas, llegaba a la sangre y dañaba los pulmones.

La yperita tampoco era el arma decisiva: permanecía días y días en el terreno, en los suelos bajos, el barro y los cráteres, atacando por igual a amigos y enemigos. Los aliados también la usaron y un fango amarillento y repugnante separó las líneas de trincheras. Todo seguía igual

Por fin, tras el fracaso de los viejos métodos, se usaron los nuevos: los tanques volvieron a la batalla en Cambrai. Medio millar de Mark IV atravesaron las líneas enemigas de forma concentrada: los alemanes fueron completamente arrollados. Pero aunque las armas eran nuevas, las ideas seguían siendo viejas: los ingleses quisieron aprovechar el éxito con cinco divisiones de caballería, y las ametralladoras volvieron a cubrir el barro de carne muerta. Una vez más la victoria asomó, y pasó de largo.

El arma definitiva.

En el último año, los alemanes decidieron probar, no con nuevas armas, sino con nuevas ideas. En vez de barreras de artillería y asaltos frontales , concentraron el esfuerzo en pequeños sectores con ataques rápidos y concentrados. Las líneas del Somme cedieron.

Ya era tarde: dos años atrás, quizás hubieran logrado una victoria decisiva, pero en 1918 la nación estaba al borde del desfallecimiento tras cuatro años de lucha. Una mañana, los soldados dejaron de combatir por puro agotamiento y hastío. Hubo revueltas , y el Estado Mayor Imperial supo que era el fin.

Habría más batallas, en las que se emplearían miles de tanques y aviones: el motor de combustión interna era por fin el caballo de la guerra, pero para entonces la suerte ya estaba echada y Alemania pidió el armisticio.

Los aliados no comprendieron lo sucedido: unos creyeron que, al final, habían demostrado su superioridad. Otros, atribuyeron la victoria en exclusiva a las nuevas armas. La realidad era más prosaica, Alemania fue vencida por el arma más antigua de todas: el hambre.

Tras la batalla

La revolución industrial convirtió la guerra en una inesperada pesadilla. La masacre hizo imposible que ninguno de los bandos se hiciera con la victoria al comienzo de la lucha. Obcecados, los militares sólo fueron capaces de usar más y más armas, sin ver que lo que no funcionaba era su modo de pensar. Los nuevos medios nacieron para romper esa parálisis, pero no lo lograron: sólo aumentaron la mortandad. no bastaba con cambiar de armas, había que cambiar la mentalidad militar, y eso no sucedió.

En Francia y Gran Bretaña todos creyeron que la victoria reivindicaba sus méritos y no vieron necesidad de cambiar nada. Se limitaron a prohibir a Alemania la posesión de las nuevas armas, convencidos de que así hacían imposible una nueva guerra.

Los alemanes, sedientos de revancha, estudiaron todo lo sucedido en esos años y extrajeron conclusiones muy diferentes. El motor lo cambiaba todo: tanques y aviones no eran sólo armas nuevas en una guerra vieja, sino la puerta a un modo nuevo de luchar. Así, en los siguientes años, planearon la venganza mientras sus enemigos se aletargaban.

Y, cuando la guerra volvió a estallar en 1939, los ejércitos aliados volvieron por los viejos caminos que habían pisado sus padres, convencidos de que ganarían otra vez, como en 1918, sin saber que llegaban al campo de batalla con veinte años de retraso.

sábado, 28 de junio de 2014

LA GUERRA DE LAS MÁQUINAS (I)


Este texto se publicó originalmente en 2008, en la revista Muy Historia. Creo que hoy es un buen día para rescatarlo.

El siglo XX vio surgir un mundo nuevo de la mano de la revolución industrial: en apenas dos generaciones el trabajo, el transporte, las comunicaciones, la política … todo cambió gracias a las máquinas, salvo la forma de hacer la guerra. Cuando ésta estalló en 1914, los militares pensaban que las viejas ideas de Napoleón y Federico el Grande seguían siendo válidas. Y eso, pese a los precedentes que decían lo contrario.

En 1905, Rusia y Japón chocaron. La escuadra rusa fue diezmada por los torpederos, la infantería japonesa se estrelló contra las alambradas y ametralladoras de Port Arthur, cuyas fortificaciones fueron inútiles frente a la poderosa artillería nipona y, en el acto final de Tushima, la flota del zar fue reducida a chatarra por un nuevo explosivo nipón, la shimosa. La tecnología se adueñó del campo de batalla

Pero a ojos europeos los japoneses eran monos imitativos, y los rusos eran bárbaros con un leve barniz de civilización. Nadie tomó nota ni sacó conclusiones, y los generales siguieron pensando que la guerra era un desfile para lucir uniformes brillantes y ganar medallas. Y con ese espíritu caminaron hacia el desastre.

ESTASIS

Al comienzo, así parecía. Invencibles, los ejércitos alemanes atravesaron Bélgica y avanzaron hacia París mientras ingleses y franceses se retiraban sin detenerse. Y de pronto las cosas cambiaron. 

La observación aérea determinó las posiciones y movimientos de los alemanes. Las tropas francesas afluyeron a la capital por ferrocarril justo a tiempo para frenar a los invasores en El Marne. Por primera vez los automóviles fueron a la guerra: las últimas reservas francesas llegaron a la batalla en taxi, directos desde París. Parecía imposible, pero los ejércitos del Kaiser fueron rechazados.

Poco después, en Ypres, el diminuto ejército inglés se cobró un precio terrible sobre los germanos: bien atrincherados, los Old Contemptibles barrieron a las tropas que avanzaban una y otra vez sobre sus posiciones. Cuando los alemanes se retiraron, dejaron sobre el terreno 130000 muertos. Frente a la potencia de fuego de las armas modernas, las formaciones abiertas eran tan sólo una enorme diana.

Desde Suiza al Canal, los soldados empezaron a cavar. El paisaje se cubrió de alambre y trincheras. Nadie sabía qué hacer a continuación, porque nadie había pensado que algo así podía suceder. 

Los mandos dijeron, bastará con abrir una brecha y lanzarse por ella, pero la ametralladora se enseñoreó de la batalla. Frente a los asaltos frontales, las armas automáticas podían hacer pedazos un regimiento en cuestión de minutos. ¿Acaso una Maxim hubiera cambiado la batalla de Austerlizt? proclamaron los generales. Y sí, la habría cambiado.

Barrieron las trincheras con artillería pesada, pero al otro lado también había cañones. Las defensas se hicieron más profundas y los frentes se quedaron quietos. Al amontonar más y más armas, las líneas se hicieron más impenetrables que nunca. A una barrera artillera seguía otra de respuesta, convirtiendo la tierra de nadie en un paisaje muerto e impracticable. Sólo cambió la forma de hablar: los soldados ya no eran combatientes, sólo carne de cañón

Podría haberse buscado una salida negociada, pero nadie quería ceder: todos pensaban que el parón era temporal, que pronto se solucionaría y habría una rápida victoria. Y la contienda siguió.

EL CIELO SE OSCURECE

Tras ver que los asaltos frontales eran inútiles: ambos bandos empezaron a pensar en nuevas maneras de acabar con la parálisis. Los estados mayores no se caracterizaban por su imaginación, pero algunos buscaron la solución en el empleo de nuevas armas. 

En el Artois, los británicos desplegaron sus aviones en cifras nunca vistas: la fotografía aérea, el reconocimiento a gran escala y el bombardeo de las líneas de comunicaciones supusieron una gran ventaja inicial, pero los ingleses no la aprovecharon y la brecha se cerró.

Los aviones no eran buenos duelistas. Algunos pilotos blindaron las hélices para disparar a través de ellas, pero los impactos en las palas las dañaban, y las balas rebotadas eran peligrosas. Los hermanos Morane idearon un sistema que desviaba las balas cuando la hélice pasaba ante el cañón, pero se derrochaba munición y el arma se desajustaba. Entonces Anthony Fokker diseñó un engranaje interruptor que coordinaba el paso de la hélice con el tiro de la ametralladora. Durante un tiempo su invento dio ventaja a los aviones alemanes, pero los aliados lo copiaron e igualaron las tornas. Sobre las trincheras, se sucedieron los duelos aéreos, sin que nada cambiara.

En tierra. la vida se volvió aún más miserable. Alemania tenía los mejores laboratorios químicos del mundo, y en abril de 1915, en Ypres, apareció un arma nueva: el gas tóxico. Una nube de cloro cubrió las posiciones de las tropas coloniales francesas. 6000 soldados murieron asfixiados y miles quedaron ciegos o inválidos. Ante los alemanes se abrió un agujero de casi seis kilómetros en las posiciones enemigas. Todo para nada.

El mando alemán no esperaba nada de la nueva arma, y no había tropas preparadas para atravesar el boquete, que fue cerrado en cuestión de horas. Perdida la sorpresa, el gas se volvió tan sólo un arma más: se diseñaron máscaras que protegían de sus efectos más letales y ambos bandos lo usaron  una y otra vez. Aparecieron nuevas fórmulas y medios, pero la tierra de nadie siguió ahí: envenenada e impenetrable.

Poco después los civiles sintieron la guerra en sus carnes. El 31 de mayo los zeppelines alemanes atacaron Londres. El efecto sobre la moral inglesa fue muy grande: por primera vez una ciudad era víctima de un bombardeo desde el aire. Pero los colosos eran lentos y vulnerables, y apenas causaron daños materiales.

Con los años, la guerra aérea llegaría a ser una atroz realidad, pero 1915 estaba en pañales. La aviación no era la respuesta a la parálisis. El gas tampoco servía. Hacía falta otra solución: de alguna manera había que atravesar el vacío entre las líneas de trincheras y llegar al otro lado pero ¿cómo?  

Inglaterra era la nación más industrializada del mundo, y buscó una respuesta industrial: convertir los motores en armas. Paradójicamente la solución no vino del ejército, sino de la marina. A finales de 1915 la Royal Navy tenía entre manos un extraño proyecto, inicialmente llamado crucero terrestre


lunes, 23 de junio de 2014

DE LA CABEZA AL PAPEL (I) Tiempos muertos y acelerones


Como sabéis, trabajo como ilustrador. Es una interesante manera de ganarse la vida, pero la mayoría de las personas, al saberlo, no pasan del concepto bueno, es que tú sabes dibujar. Lo dicen como si fuera una especie de don, un superpoder: supongo que, en su imaginación, cuando tengo que realizar un encargo, me limito a coger lápiz o ratón y todo sale solo. Pero las cosas son muy diferentes.

Como en tantas otras cosas, he dedicado mucho tiempo a darle vueltas a lo que hago y cómo lo hago. A analizar mi trabajo. Y desde luego se aleja mucho de lo que el público, en general, entiende como arte, es decir, una suerte de inspiración venida de quien sabe donde, y expresada gracias a mi misterioso don.

Primer error: yo no me defino como artista: en ocasiones (no muchas) he hecho arte, pero en mi trabajo me considero, ante todo, un artesano.

Segundo error: no sé qué es eso de la inspiración. Mi trabajo es creativo, y la creatividad sigue unos cauces. Merece la pena pararnos aquí unos momentos, porque pocas personas entienden qué es la creatividad. No es algo que surge espontáneamente, no brota de la nada.

No cae del cielo.

Lo que voy a describir es mi propia experiencia de la creatividad. Para mí, es algo que nace de la experiencia previa: consiste en partir de una serie de premisas y elementos conocidos, y recombinarlos, ya sea como elementos completos, ya sea desmenuzándolos y utilizando sus distintas partes, para obtener con ellos un resultado nuevo. Poniendo un símil arquitectónico*, un edificio no surge de la nada, necesitamos disponer de ladrillos, cemento, vigas,... y conceptos previos, como ventanas, columnas, escaleras, el propio concepto edificio... Al combinar todo ello podemos obtener un edificio totalmente predecible (sin creatividad) o uno desconcertantemente nuevo, es decir, creativo.

¿Cuales son, entonces, mis ladrillos y conceptos previos? es decir ¿cuales son las herramientas de mi creatividad? (e, insisto, hablo exclusivamente de mi experiencia). En mi caso, la base es mi memoria visual que, aunque suene inmodesto, es fantástica:  gracias a ella he ido construyendo un inmenso archivo de imágenes en mi cabeza. Pero eso no serviría de nada sin vínculos.

Al principio simplemente retenía imágenes, muchas. Llevo haciéndolo desde niño, pero a partir de un punto, de una masa crítica, dejó de ser simplemente un acúmulo, porque las imágenes empezaron a relacionarse. Unas llevaban a otras, quizás por un color común, por un rostro, o por una composición determinada... esas otras se enlazaron a recuerdos, sonidos, experiencias...,  las nuevas imágenes que fueron llegando sumaron nuevos vínculos... Con el tiempo se ha formado un entramado inmenso, en todas direcciones, que no sólo crece, sino que se modifica ligeramente con cada nueva entrada.

Desde la llegada de internet y, sobre todo, de Google, mi archivo se ha extendido a un ritmo asombroso. Antes consultaba enciclopedias, anuarios de ilustradores, catálogos de bases de imágenes... ahora voy saltando de enlace en enlace**, y puedo tirarme horas y horas en ese proceso, sin dejar de asombrarme

Veamos un ejemplo práctico. Hace unos meses, en Muy Interesante me propusieron ilustrar un artículo de Paleofreak sobre los errores-lugares comunes que la gente tiene sobre la evolución. Había que hacer diez imágenes, homogéneas en estilo, que no cayeran ni en el chascarrillo ni en la frialdad técnica. Dediqué dos tardes a pensar, o, mejor dicho, a leer el texto, centrar los conceptos de la forma más esquemática posible y dejar la mente divagar, repasando imágenes al azar, es decir, sin una idea previa de búsqueda.

Quien me vea en ese momento pensará que me estoy tocando las narices, o en el mejor de los casos perdiendo el tiempo delante de la pantalla. Quieto, a veces mirando a la pared, otras a la pantalla, navegando de imagen en imagen, dando vueltas por la habitación, saliendo al balcón... Vale, a veces en esas circunstancias me estoy tocando las narices, pero en otras ocasiones, como ésta, estoy trabajando. Y de forma intensa.


Entonces, al pensar en el concepto ¿el hombre desciende del mono? me vino a la cabeza la imagen de un hombre mirando a un mono, de frente, y automáticamente le siguió otra, una ilustración mía, de hace unos años, un fotomontaje en el que Charles Darwin sonríe mientras un chimpancé le mesa las barbas. Entonces pensé ¿y si Darwin se mirara al espejo, y, en vez de su reflejo, viera un chimpancé? Y saltó otro vínculo: la muchacha frente al espejo, de Picasso.


Busqué en google la pintura y la observé, la idea no era descabellada, era factible borrar el rostro de la muchacha y dibujar sobre ella el de Darwin, siguiendo el estilo del cuadro, y lo mismo con el reflejo. De hecho, en cuanto tuve el cuadro ante mí, vi el rostro del chimpancé, y se integraba perfectamente en el conjunto.

Con mi cabeza bien centrada en esos conceptos, se sucedieron las imágenes. Repasé mis recuerdos de Picasso y vi de inmediato que el caballo del Gernica era una base excelente para un tiranosauro que devorase a alguno de los protagonistas del cuadro (¿convivieron humanos y dinosaurios?), que los autorretratos de Picasso marcaban una clara línea evolutiva (¿sigue evolucionando la humanidad?), Que Lucy se vería hermosa junto a las señoritas de Avignon (¿existe el eslabón perdido?)... en resumen, en unos minutos tenía en mente, no sólo los conceptos para resolver ocho de las diez ilustraciones que necesitaba, sino el aspecto que tendrían una vez acabadas.

Todo el proceso me llevó, quizás, unos 8 minutos. Dos días de darle vueltas a la cabeza seguidos de 8 minutos frenéticos.

Frenéticos no es la palabra exacta, más bien es febril. Cuando tienes el hilo cogido firmemente y todo fluye, no puedes parar, porque te arriesgas a perderlo. Me pasó una vez****, y nunca más: desde entonces, cuando siento ese subidón, me dejo arrastrar, da igual la hora o mi agotamiento.

Quedaban dos ilustraciones, dos conceptos más, pero con los otros ocho delante de mis ojos, prácticamente terminados antes de dar ni una sola pincelada, fue cuestión de rutina plantear dos soluciones más, coherentes de forma y estilo con las anteriores. El resultado, tras tres semanas de trabajo a partir de ese momento, fue uno de los proyectos con los que  más he disfrutado en lo que va de año.

Y el momento que mas disfruté fue ése, justo tras organizar en mi cabeza todo lo que iba a hacer, cuando me permití pensar (casi gritar), bien cargado de endorfinas...


... joder ... ¡SOY BUENO!


*Gerd Binning describe la creatividad como la capacidad de posibilitar nuevas unidades de acción a partir de las ya conocidas, y la representa con el símil de una pirámide, donde cada piso se apoya en los anteriores, pero a su vez es nuevo y diferente a ellos.


** Buscando documentación sobre una localidad en el desierto de Atacama*** sólo pude encontrar, en toda la red, tres fotografías del sitio: ese pueblo era el verdadero culo del mundo.



*** Sí, he hecho trabajos muy raros.

**** Tenía que dibujar a Don Quijote y Sancho, y empecé por el hidalgo. Durante horas fue tomando forma, pincelada a pincelada, en un proceso que se volvió puro entusiasmo al ver brotar una de las ilustraciones mas personales e interesantes que he hecho nunca. Al acabar era ya muy tarde y me fui a la cama, pensando que por la mañana haría a Sancho. Sucedió que, por la mañana, al ver el quijote, fui incapaz de retomar el proceso, simplemente no supe como. Sancho no quedó mal,  y el cliente quedó encantado con ambos personajes, pero siempre que los veo noto el desequilibrio: le falta chispa, vida, fuerza... simplemente no funciona,  para mí nunca funcionará.




lunes, 16 de junio de 2014

VA DE VIÑETAS_Y SÓLO SON PATOS (I)


Con 5 años, yo creía que el volcán más grande del mundo estaba en Vulcanovia. Recuerdo la edad exacta porque al año siguiente murió mi abuelo Julio, y yo tenía 6 años en ese momento. También recuerdo que, a esa edad, ya sabía que el Minotauro vivía en un Laberinto, que Genghis Khan tenía una corona, y que hay un valle perdido en medio de las cumbres del Himalaya.

Luego antes de los 5 años ya leía. Y recuerdo también lo que leía. Sigo teniéndolo delante de los ojos, nunca se ha ido.

Eran unos álbumes de lomo cuadrado y gris, llamados Dumbo. Esos tebeos agrupaban historias de diverso pelaje, pero siempre, siempre, la primera historieta, la más larga, era distinta al resto. No por los dibujos, bueno, sí, por los dibujos también, pero a los 5 años no era capaz de apreciarlo. Eran las historias en sí. Esas aventuras eran diferentes, llenas de magia, de emoción. De fuerza.

Y sólo eran historias de patos.

Carl Barks entró en Disney como dibujante intercalador. También hizo algunos storyboards, y ahí habría quedado todo (y nadie conocería su nombre) de no ser porque uno de sus stories no pasó a animación, sino que le encargaron convertirlo en una historieta: Donald y el oro de los piratas. Gustó, y le dieron libertad para hacer sus propios guiones. Como intercalador, sabía hacer personajes dinámicos, llenos de movimiento. Como guionista... sus historias cortas eran magníficas, pero las largas simplemente no tenían rival.

El Terror del Río se me quedó grabado en la retina: Donald y sus sobrinos se enfrentaban a un psicópata homicida en el fondo del Mississippi. En la escena cumbre, todo puede pasar, porque el peligro no es una broma: realmente hay un instante en el que la muerte ronda de cerca, y eso a un niño no se le olvida nunca. En El fantasma de la gruta oí por primera vez el nombre de Sir Francis Drake, de labios de un anciano, secuestrado cuando niño por otro anciano, a su vez secuestrado... eso no eran simples tebeos para pasar el rato: Barks no se limitaba a cumplir, siempre iba un paso más allá. Y no sólo en cuanto a aventura o emoción porque Vacaciones de Verano (Vacation Time)* nos llevaba al corazón mismo de la naturaleza: más que una historieta parecía una película documental.

Huevos cúbicos, un valle lleno de dinosaurios en el corazón de la Amazonia, una ciudad cubierta de huevo rebozado (y llamada, muy adecuadamente, Omelet) donde Donald y los sobrinos son personas non gratas...

... el inefable, cursi y aborrecible primo Narciso, el ganso más odioso de todo el planeta y la némesis de Donald, decidido a quitarle su casa en pleno invierno (y menos mal que Daisy estaba al quite, el primer personaje femenino que hacía algo más que esperar a que la salvaran), en una historia que me sigue haciendo reir a carcajadas.

No siempre basta con la suerte. En Un pato con mala pata (Luck of the North) Narciso se llevará el oro y la gloria, pero Donald y los niños encontrarán un tesoro mucho más valioso, en un triste pedazo de pergamino

Y un día, supimos que Donald tenía un tío, gruñón y tacaño. Y ya nada fue lo mismo. Gilito fue el punto de inflexión, con él, sentado en el almacén de dinero, en la colina que se alza en el centro de Patoburgo, ya no había nada imposible.

Sigo temblando de emoción al ver a Gilito, Donald y los niños, perdidos en el Laberinto de Creta a la caza de la Piedra Filosofal. Las andanzas en busca de las minas perdidas de Pizarro (con la única pista de una carta encontrada en un viejo galeón español, después que Gilito adquiera el derecho de consulta del Archivo de Indias) El hallazgo de las minas del rey Salomón, las Siete Ciudades de Cibola, el reino de Saba...

Aventura, y cotidianeidad. Recuerdo a Donald paseando con su tío, él intentando hacer ver a Donald que puede hacer grandes cosas con su vida, en vez de pasear y tomarse una gaseosa, y Donald, pacientemente y sin perder la sonrisa, explicándole que, de hacer esas cosas tan importantes ¿qué tiempo le quedaría para disfrutar de las pequeñas cosas, como pasear y tomarse una gaseosa.

También fueron asomando pequeños fragmentos, detalles perdidos, historieta a historieta, que poco a poco nos hablaron de Gilito, de su vida, su sangre escocesa, su infancia limpiando botas para mantener a sus dos hermanas (una de ellas, la madre de Donald, pero eso no lo supimos hasta décadas después), sus comienzos (marinero, vaquero, finalmente minero) y por fin, la riqueza, no por el capricho o la suerte, sino a base de duro esfuerzo, donde sólo los más duros sobreviven: el Yukón.

Siempre con una vieja moneda de diez centavos en el bolsillo. La primera que ganó en su vida, para no olvidar nunca de donde viene y cual es su camino.

Diez centavos,  y la obsesión de su archienemiga, Mágica, heredera de la hechicera Circe y decidida a hacerse con esa moneda, al precio que sea, para fundirla y crear el amuleto más poderoso de todos los tiempos, puesto que ese trocito de metal es la base de la mayor de las fortunas,

Porque Barks no sólo era un maestro narrando, también lo fue a la hora de crear personajes, y entre ellos, nadie destaca más que los villanos. Mágica, bella y poderosa. Los Golfos Apandadores, tan torpes y brutos como peligrosos, y Gilberto Oro, el segundo pato más rico del mundo, tan tacaño y duro como Gilito, pero sin la ética y firmeza del viejo McPato.

Porque no es la riqueza ni la codicia. Gilito busca el tesoro por la pura emoción de la búsqueda. Y, precisamente, en manos de Mágica, confesará que, de toda su fortuna, nada es más valioso que Donald y los niños

Y por si nos quedaban dudas, dos historias que nunca se borrarán de mi memoria: Por Una Mala Cabeza (Back to the Klondike)**, cuando supimos que una vez, sólo una, Gilito se enamoró, y nunca olvidó ese amor, que le rompió el corazón.

Y La Ruina de Gilito (North of the Yukon), cuando, solo, sin testigos, en medio del hielo, tiene que elegir entre su fortuna o la vida del perro guía de su trineo***. El viejo Barko, tan achacoso y reumático como él...

... y un minero nunca abandona a sus perros.


* Vacaciones de Verano no pude leerlo en la colección Dumbo, no recuerdo que fuera como los otros. Además es una historia larguísima, casi 60 páginas ¿alguien sabe quién lo editó?

** Pero la historia que leí de niño era la versión censurada. Los editores USA consideraron que la historia completa era demasiado dura, así que suprimieron las páginas centrales. No pude leerla entera hasta la reedición de los 90

*** Sólo son patos, y sin embargo Barks nos muestra con precisión cómo se lleva un trineo, la función del guía en el tronco de tiro, y el modo en que los huskies se entierran en la nieve para dormir

viernes, 13 de junio de 2014

ALGUNAS RECOMENDACIONES Leer Historia (y II)


El género autobiográfico nos da la oportunidad de escuchar a los que vivieron o incluso dieron forma a la Historia, pero, personalmente, procuro cogerlo con pinzas, ya que suele ser más una colección de excusas, que un testimonio sincero. Winston Churchill no es una excepción, y su magistral narración sobre La Segunda Guerra Mundial no debería leerse sin consultar otras fuentes, ya que el viejo zorro sabe maquillar las cosas y su estilo, vibrante y directo, podría hacernos creer que lo blanco es negro, y viceversa. No obstante, de entre su obra recomiendo leer, por puro placer, La Guerra del Nilo, ya que, precisamente por ser de sus pocos trabajos no autobiográficos*, ahí no está construyendo su imagen de cara al futuro, como sí hizo en otros textos, y podemos deleitarnos con su estilo y la emoción del relato de principio a fin.

Una de las autobiografías más interesantes, dicho sea de paso, es la de Albert Speer, el superministro de Hitler. En sus Memorias miente, como todos, pero solo lo justo**, y nos ofrece una mirada directa fascinante a uno de los momentos más negros y surrealistas de la historia moderna.

La expansión imperial española nos dejó algunas obras de gran interés narradas por sus protagonistas. Yo, personalmente, me quedo con la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo. El autor, soldado a las órdenes de Cortés, no se limita a hablar de batallas y citar apellidos rimbombantes, que nunca fue su intención...

sólo el marqués Cortés dicen en esos libros que es el que lo descubrió y lo conquistó, y los capitanes y soldados que lo ganamos quedamos en blanco, sin haber memoria de nuestra personas y conquistas, que por sublimar a un solo capitán quieren deshacer a muchos

...sino que nos contagia del asombro de descubrir un mundo enteramente nuevo, y nos sumerge de lleno en el momento, hasta el punto de que casi sentimos los sonidos, los olores, el calor asfixiante, el polvo...

Y el polvo del camino es lo que nos encontramos con la otra gran obra de la Conquista, Naufragios y Comentarios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, la odisea del primer occidental que recorrió Norteamérica. Es un relato increíble, repleto de detalles fascinantes y, como la crónica de Beltran, con la fascinación de un tiempo en el que los mapas podían ocultar dragones.

Alvar y Bernal no son grandes hacedores de Historia, apenas son nombres a pie de página. La Historia, precisamente se compone de muchos de esos nombres, y fragmentos que pueden parecer mínimos, pero sin los cuales no se entienden los hechos posteriores. Por ejemplo, todos hemos oído de los asombrosos viajes de Cook, o el periplo de Darwin en el Beagle, pero esos viajes no hubieran tenido lugar si un humilde relojero no hubiera resuelto el mayor problema de la navegación mundial. Longitud, de Dava Sobel, nos lleva de vuelta a los siglos de los veleros, y rescata del olvido a John Harrison, porque los grandes nombres no son nada sin los nombres pequeños que les dan cimiento.

Otra historia olvidada vuelve a la luz gracias a Thomas Cahill. Sin duda sabéis que, en el medievo, el trabajo de los monjes preservó la cultura clásica, sin la cual no habría tenido lugar el Renacimiento en el S. XV pero ¿sabéis como y porqué empezó esa labor? Pues si no es así, leed De Como los Irlandeses Salvaron la Civilización*** y, además de aprender, os garantizo que disfrutaréis con un libro ameno, fluido, y lleno de luz y buen humor.

Dicho sea de paso, la Historia no es una disciplina aislada, como demuestra mi admirado Stephen Jay Gould en La Flecha del Tiempo. En ese título, Gould nos enseña de qué forma la ciencia de la geología provocó una revolución en el modo de pensar, cuando los científicos se asomaron por primera vez, pasmados, y tal vez con miedo, al abismo del tiempo profundo, y los años dejaron de contarse por cientos o miles para hacerlo por cientos o miles de millones.

Tampoco es posible entender el arte sin entender la historia que refleja, como demuestra Los Secretos de las Obras de Arte****, de Rainer y Rose Marie Hagen. Una obra es mucho más que lo que retrata, es una ventana abierta al pasado. La próxima vez que observeís un cuadro o una escultura, intentad ir un poco más allá: si lo pensamos un poco ¿qué hacen unos jinetes Egipcios en Madrid, el 2 de mayo, aparte de morir a navajazos? ¿porqué Menipo nos mira con desdén y da media vuelta, para irse del cuadro? ¿porqué las mujeres que pinta Tolouse-lautrec son tan diferentes a las de autores coetaneos? ¿porqué es tan fácil distinguir un busto romano de uno griego?

Una última recomendación, sólo para los muy curiosos. Os estoy aconsejando muchas lecturas de historia pero ¿nunca os habéis preguntado por el propio objeto físico? Damos los libros por supuesto, pero no siempre fue así, hubo un tiempo en que poseer un libro era una rareza, y hizo falta mucho esfurzo, ideas e ingenio para llegar al libro tal y como lo conocemos. Si queréis conocer ese largo camino, buscad la Introducción a la Historia del Libro y de las Bibliotecas, de Agustín Millares Carlo.

No será fácil, de todos los que os recomiendo, el libro de Millares es el más difícil de encontrar pero, creedme, la propia historia del libro es un viaje fascinante.

*Su única intervención en toda la campaña fue caerse del caballo y medio descalabrarse en la que habría de ser, a la postre, la última carga de la caballería británica.

**Leni Riefenstahl, por ejemplo, intenta hacernos creer que no llegó a enterarse de que había una guerra. Sí, oyó alguna cosa al respecto, y había un señor con bigote que, por pura casualidad, pasaa a su lado cuando la hicieron unas fotos, pero es que estaba tan ocupada haciendo peliculas que no se fijó bien.

*** Y al salvarla crearon una de las tipografías más bellas y legibles de todos los tiempos, la maravillosa Upcial, que procuro usar con cuentagotas, para no malacostumbrar a mis clientes.

**** Perdonad si peco de inmodesto, pero pillé a los autores metiendo la pata en su interpretación del cuadro Fusilamiento del emperador Maximiliano. Navaja de Occam, también para leer el arte.

jueves, 5 de junio de 2014

ENTREVISTA CON GEORGE R. R. MARTIN (texto bruto previo a edición)


Nota para el editor: te adjunto las respuestas del señor Martin. Por favor, intenta que la sintaxis quede más acorde con nuestro libro de estilo. Gracias.

...es muy sencillo, para el proceso argumental tengo una bolsita con los nombres de los personajes, otra con los escenarios y una moneda. Saco uno, saco escenario y tiro la moneda, cara vive, cruz, muere. Y así voy hilando, luego le paso el esquema a mi sobrino y el ya lo va pasando a limpio mientras ceno... por cierto ¿no tendrás por ahí unas patatas o uno panchitos o... es que las cervezas, así, a palo seco, me dan hambre

... no, la idea no era dar en esa escena un inesperado giro narrativo, a ver como te lo explico... SON MIS PERSONAJES Y ME LOS FOLLO COMO QUIERO ¿vale?

... pues por la pasta, joder, que pareces bobo ¿o pensabas que escribo estas memeces para transmitirle mi mensaje a la juventud, o alguna babosada parecida?

... ¿mi hermana? sí, era muy guapa, y estaba muy buena... macizorra, ¿sabes? y se vestía, así, toda aputonada, con ese culo y esas tetas...vamos, que a mí mi hermana me ponía... uf... pero muy burro ¿eh?... ¿y a qué venía la pregunta, perdona?

... en efecto, Tyrion se basa en un personaje real, mi buen amigo Carl Stanfeuer, del instituto, mi mejor amigo, bueno, el único, porque era el más canijo de la clase y, claro, yo le podía... era más gracioso... yo le daba con un palo para que bailara ¡menudas risas me echaba con el bueno de Carl!

... hombre, no es que no tuviese más amigos, o sea, yo era popular ¿sabes? el típico alfa ¿no? gordito, con gafas, empollón, aparato dental, granos, ese graciosa tartamudez ... todos querían pasarlo bien conmigo, yo era el alma de la fiesta, me perseguían, me ataban  a un árbol, me amordazaban con los calzoncillos sucios... entonces empezábamos las bromas ... las chicas me escupían, me ponían motes divertidos, los del equipo de fútbol me bajaban los pantalones, sacaban la navaja ... todo de muy buen rollo, entre coleguitas...

...Hediondo... Hediondo... el nombre es Hediondo... Hediondo...

¿murmurar? yo no murmuraba nada, te lo habrás imaginado.

... ¿lo de la mano? eso no fue algo negativo, si lo piensas bien, la mutilación ha hecho crecer a Jamie, ahora es una personalidad más compleja, más rica, vive atormentado en una fina línea entre el bien y el mal. Y ya verás cuando en la sexta novela le coja esa horda de Dothrakis borrachos y salidos, y ya sabes que los Dothraki no saben decir gracias ni han oído hablar de la vaselina ¿no?

... que te den, Jamie Koblaski ¿así que no querías invitarme a tu cumpleaños? ¿quién se ríe ahora, guapito de mierda?

... ¡es que él no puede morir porque es el maestro de marionetas, el verdadero desencadenante de los acontecimientos, el eje en torno al cual gira todo, absolutamente todo! ¡por eso siempre le vemos cerrado sobre sí mismo, enigmático, mientras su poderosa mente teje los hilos que mueven al resto de los personajes, como títeres! Es el único de los protagonistas en el que he insuflado verdadera vida, porque es mi vida y mi pensamiento lo que se esconde tras su fría sonrisa. Las pistas que doy son enrevesadas, sí, pero un lector atento sabría que esas palabras increíbles, hipnóticas, profundas, esconden el secreto, la última razón: ¡Hodor! ¿lo entiendes? ¡Hodor!

....no, eso no es cierto, esa negatividad es un invento de la prensa, mi público en realidad me adora. Como te digo,  no puedo ir por la calle sin llamar su atención. Después de que emitieran la Boda Roja la gente me seguía, me rodeaba, me escupía, me tiraban excrementos, orinaban sobre mí... fue rejuvenecedor, como volver a mis años del instituto... ¿te he contado que yo era muy popular?

... ¿incoherencia argumental?... Mira, chaval, si esa manada de frikis patéticos que me leen quisieran una narración decente se comprarían el Ulises, no las mierdas que yo escribo.

... Y entonces Daenerys se resbala en esa piel de plátano y se abre la cabeza contra una baldosa ¡y todos se quedan con un palmo de narices! y... oye, mejor no incluyas esto en la entrevista, nada de spoilers ¿vale?

No estarás grabando esto ¿no? ... es que a veces peco de ingenuo, porque yo soy muy natural, y cuando hablas sin artificios la gente te malinterpreta y...gñññññnnnnnnnn ...¡¡¡¡PRRRRRRRRRRRRRRTTTTTTT!!!!! ¡TOMA FUEGO VALYRIO! ¡PÍNTALO DE VERDE!...¡JAJAJAJAJAJJJJJ! ¿porqué pones esa cara? ¿a ti los burritos no te dan gases?

Que me perdone Mi Mesa Cojea, esta vez le he pisado la exclusiva ;-P

lunes, 2 de junio de 2014

HABÍA UNA VEZ...

... un chico vergonzoso y acomplejado. Ya sabéis, el típico bicho raro.

Nunca le pasó nada especialmente malo, sus padres le querían y se llevaba bien con sus hermanos. En el colegio los curas le pegaban, pero no más que a otros*.

Simplemente no encajaba. No se le daban bien las cosas de chicos, correr, saltar, las peleas... No le gustaba el fútbol, es más, no le interesaba lo más mínimo, y eso en el patio, significa ostracismo. Y era torpe. Muy torpe. Las cosas se le rompían. Perdía siempre a las chapas y a las canicas. Con un balón en los pies, daba pena. Con uno en las manos... bueno, digamos que jamás supo qué hacer delante de una canasta.

Sabía medio dibujar, era lo único que no se le daba mal. Eso y estudiar. Casi era un empollón, siempre se manejó bien con los libros. Y cuando a los 11 le calzaron gafas, enormes, de pasta, horribles, ya fue empollón con todas las letras y los honores.

Le gustaba hablar de animales, sobre todo de dinosaurios, y a un profesor, de los muy cabrones, eso le hacía gracia, así que cuando se aburría se entretenía humillándole delante de la clase. No supuso una gran diferencia, se reían de él, pero se reían de todos los que sacaban para burlarse. En cualquier caso ese curso ¿fue quinto o sexto de EGB? se pasó muy despacio.

Cogió fama de pesado. De muy pesado. Y ya puestos la aprovechó, al menos le dejaban tranquilo y tenía un papel: era el payaso de la clase, y el payaso no suele tener problemas. Claro que tampoco suele tener amigos. A veces, en el jardín de casa, jugaba con otros chavales, pero simplemente porque eran del bloque.

En verano pasaban unas semanas en el pueblo, y estaban los primos. Eran lo más parecido a una pandilla que tuvo nunca. Pero era torpe ¿recordáis? No sabía subir a los árboles, ni se le daba muy allá la bici, tampoco nadaba muy bien**, así que se tuvo que comer muchas risas al respecto. Y algunas risas extra cuando engordó un montón. Pero en general lo pasaba bien. Y había libros. Muchísimos libros.

Se pasaba horas y horas leyendo, fuera verano o invierno. En casa, en Madrid, había mucha lectura, pero en el pueblo... la biblioteca del abuelo no se acababa nunca. En el patio había una higuera, el único árbol fácil al que podía subirse. Allí echaba las tardes de siesta, leyendo subido a una higuera. Y le cayó otra broma, claro ¿dónde está J? en la higuera, como siempre. No le importaba que se rieran, al menos, cuando estaba allí subido, le dejaban solo.

Estando solo se sentía a salvo de las risas. Pero le angustiaba pensar que siempre estaría solo. Le daban ataques de pánico y nervios. Siempre estaba nervioso.

Con la pubertad, las cosas fueron a peor. Tenía un amigo en el pueblo, un chaval mayor que él, con quien siempre se entendió. Quizás porque ambos eran raros y solitarios***. Pero eso sólo eran unas semanas de tregua al año. El resto eran meses y meses sintiéndose estúpido y ridículo. Hablando sin parar para tratar de llenar el vacío de que nadie te responda, o volviéndose invisible mientras se atormentaba al no ver una cara amiga.

Y con las chicas... la idea de intentar hablar con una le paralizaba, y le daban ganas de huir. Se cambiaba de acera para no cruzarse con las niñas del colegio de enfrente, convencido de que se reirían solo de verle. El que su colegio fuera sólo de chicos no ayudaba demasiado.

Por fin tuvo un golpe de suerte. Tocaba la confirmación, y le pusieron en un grupo donde congenió con alguien, un chaval tan raro como él, llamado P****. Pero, al contrario que él, P tenía amigos, y no le rechazaron. Tenía 16 años  y decidió que no iba a dejar pasar esa oportunidad. Quizás no tendría otra. Así que se forzó a superar su miedo, se quitó la careta de payaso y salió. Tenía 16 años y por fin hizo amigos.

Y amigas, porque esa tropa tenía sección femenina. Y le trataban con naturalidad, como a uno más, así que no se paralizó, o no demasiado. De hecho, al año estaba enamoradísimo de una de ellas, una flacucha inquieta, casi hiperactiva, y aunque nunca se atrevió a decírselo, y por supuesto jamás se comió un rosco con ella (ni con ninguna otra de la pandilla) se hicieron buenos amigos.

Siempre fue espectador, pero ahora empezó a hacer cosas. Hasta se animaba a pelotear al fútbol: lo hacía de pena*****, pero quemaba toda esa energía que le rebosaba.

Siempre había tenido miedo, y empezar a dejarlo atrás fue casi tan asombroso como descubrir que no estaba solo. Seguía siendo un desastre, pero ahora parecía que eso ya no importaba tanto. Descubrió también que no era sólo un empollón: también era inteligente.

Cuando el miedo casi se disipó, empezó a gustarse. Y a gustar a los demás, aunque eso tardó en verlo.

Y un día me miré en el espejo, y el chico vergonzoso y acomplejado ya no estaba ahí.

No se fue: se refugió dentro de mí. Me cedió las riendas y, por fin, se sintió a salvo.

Todavía le siento ¿sabéis? cuando me invade una oleada de miedo, o de nerviosismo, y la verborrea y la vergüenza le delatan, pero se calma pronto, cuando recuerda que ya no tiene por qué temer.

A veces, por las mañanas le veo cuando me miro en el espejo. Es una sensación curiosa: estoy ahí, en el reflejo, pero conmigo hay otra persona que me sonríe, agradecido y casi incrédulo.

Le debo mucho. Cada paso que dio me hizo crecer, y si no hubiera tenido el valor de cambiar, de salir, yo no estaría aquí.

Así que le devuelvo la sonrisa, con el mismo agradecimiento. Y le guiño un ojo, para recordarle que no quiero que se vaya nunca del todo.

Después de todo, sin él no estoy entero.

*Cobré un poco más de lo que me hubiera tocado por las notas, porque me despistaba mucho.

** Eso sí, sabía tirarme de cabeza, porque a nadie se le ocurrió decirme que fuera una cosa difícil, así que simplemente salté, me di una panzada, supuse que debía entrar más inclinado al agua y me salió. El resto tuvo que aprender paso a paso, y a mí, por una vez,  me dio la risa verles.

*** Tardes y tardes de Risk, Stratego, charlas y quimicefa. Casi descalabramos a una vaca con pólvora y una plancha

****Amigamos una tarde discutiendo sobre El Señor de los Anillos, que ambos habíamos leído hacía poco. 

***** Jamás metí un triste gol. Ni encesté una bola de basket. Creo que lo único que alguna vez se me dio medio bien fue el voleibol