Mujer iroqués

viernes, 29 de marzo de 2013

LA CUISÍN DE LA TETERA (hoy, la blasfeburguer)

Esta historia arranca con una protagonista de lujo. Una tarde, en casa de mi amiga S (mi amiga creyente) le comenté que en el grupo de la Tetera de Russell pensábamos hacer alguna cosilla aludiendo a las prohibiciones alimentarias. Ella, en broma, me sugirio que empezáramos por las hamburguesas con bacon, ya que seguro que eran impuras a ojos de alguna religión. La pobre ignoraba que su sugerencia iba a ser tomada en serio así que, querida S, este menú no hubiera sido posible sin tu ayuda.



(el texto original fue publicado en el blog teteril, ésta es una versión ligeramente editada y personalizada)

La gastronomía, queridos niños, es una de las artes más nobles que conoce la humanidad. pues satisface una perentoria necesidad, y elaborada con amor y cuidado nos ofrece placeres sin cuento. En estas señaladas fechas vamos a presentar una receta que, amén de acariciar nuestros paladares, nos ofrece el sabroso retrogusto de la blasfemia multicultural. El plato que tenemos a bien ofreceros, digno embajador de la cocina estadounidense ante el mundo, vulnera las prohibiciones alimentarias de la mayoría de los libros sagrados que en el mundo han sido.

THE BLASFEBURGUER
INGREDIENTES PARA CUATRO PERSONAS (customizable, ésta es la versión de luxe)
  • 800 gr de carne de buey
  • 8 lonchas de bacon
  • 8 lonchas de queso cheddar
  • 3 dientes de ajo, sal, pimienta negra, perejil, canónigos
  • Dos cebollas rojas
  • Tres cucharadas de miel
  • 200 cl de jerez
  • 1 tomate
  • Salsa barbacoa importada
  • 4 bollos de hamburguesa
  • Pepsy Light
Como se explica en el vídeo, es preferible que la elaboración corra a cargo de una fémina que esté en esos días del mes, ya que de acuerdo a normas religiosas y sociales repartidas por todo el planeta, la mujer menstruante es impura, y cualquier alimento tocado con sus manos quedará contaminado, pudiendo incluso esterilizar al varón que lo consumiere. Y a todos los que han esbozado esa sonrisita de “como son esos salvajes” les recuerdo que aquí siempre se ha dicho que si la cocinera tiene la regla, se le corta la mahonesa, así que menos risas*.
Aunque la receta se detalla en nuestra dramatización, vamos a exponer brevemente los pasos, junto a las ofensas que infligiremos a cada uno a nuestros amiguitos imaginarios
  1. Picamos la cebolla y la pochamos con miel y jerez, atentando así contra las sectas que claman por la abstinencia etílica, como Testigos de Jehova, mormones y otras gentes que insisten en llamar a nuestra puerta con sonrisa bobalicona.
  2. Mezclamos el buey** y las especies ante el horror de todos los hinduistas, ya que Brahma, Shiva y Visnú condenan el sacrificio del ganado vacuno (aunque no dicen nada de corderos, conejos, pollos, patos… hinduistas, que no vegetarianos)
  3. Doramos el bacon para nuestra eterna condena, ya que judíos y musulmanes reniegan del cerdo, animal impuro por excelencia.
  4. Hacemos nuestras hamburguesas en la grasa rezumada por el bacon, colocamos éste sobre la carne y, con él, unas lonchas de queso, vulnerando un sagrado principio del judaismo, que es el de no mezclar jamás los lácteos con la carne.
  5. Preparada ya nuestra blasfeburguer, procedemos a devorarla con fruición EN VIERNES DE CUARESMA, que es cuando la Santa Madre Iglesia prohibe terminantemente el consumo de carne. Por supuesto podemos comernos una blasfeburguer en cualquier otro día de la semana, pero la palatabilidad se resiente sin ese pecaminoso aderezo.
  6. Acompañamos nuestro menú con una Pepsy Light, que, según intereconomía, está bien petadita de fetos humanos…mmmmmmmm…el refresco de los campeones.
  7. Como colofón, recomendamos el uso de salsa barbacoa importada, ya que en EEUU este producto se elabora a base de maíz transgénico, lo que la hace ideal para provocar la ira de todos los abrazaárboles.
Por supuesto no faltará el que diga eeeeehhhh, no hay cojones para meteros con los budistas, a lo que tenemos que decir, ya nos gustaría, ya, pero es que los jodíos, pese a su inmerecida fama de vegetarianismo, en realidad no tienen ninguna prohibición alimentaria real… ¿será por eso que a buda siempre se le representa así como orondo y feliz?

Y nada más, querido público. Ya sabéis, disfrutad de la buena mesa, con la satisfacción de condenar vuestras almas ante todas las religiones habidas y por haber.

*Evidentemente, si ninguna de nuestras compañeras está disfrutando en ese momento del placer de ser mujer, oler las nubes y esas cosas, dara igual el sexo de la persona encargada de elaborar la blasfeburguer.

** Si tenemos algún amigo Sijh y ganas de putearle***, podemos proceder a bendecir la carne antes de la mezcla, ya que los sijhs tiene prohibido consumir carne de animales consagrados. Y sí, si estás bautizado estás en condiciones de bendecir la carne.

 *** Si tienes un amigo vegano-animalista no hay ni que bendecir la carne. A sus ojos estarás cometiendo un animalicidio atroz. De hecho un doble animalicidio, ya que consumimos cerdo y buey. Me diréis que el veganismo no es una religión, pero francamente, a mí le lo parece, ya que sus practicantes se caracterizan por un escasísimo sentido del humor, tal vez motivado por sus carencias alimentarias.

sábado, 23 de marzo de 2013

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (XV) Alimentar al adolescente talibán



Ya he dejado caer en algunas ocasiones que dar de comer a un niño puede ser una tarea ardua, tediosa y, en ocasiones, mala para los nervios. Como en otros aspectos de la crianza, hay paladas de cal y paladas de arena, pero a fecha de hoy la arena sigue gozando de preeminencia. Nuestro menú sigue repleto de viandas cuya sola aparición en la mesa provoca un recital de resoplidos, protestas airadas, miradas de indignación y expresiones de asco y nausea.

Debo reconocer que no soy quien para tirar la primera piedra en cuestión de gustos: quien me conoce sabe que soy un pozo de manías, empezando por mi rechazo a todo alimento animal invertebrado, sea marisco, sea molusco, sea... qué se yo... saltamontes a la parrilla  

Sí: he comido saltamontes a la parrilla. No preguntéis. 

Igualmente siento una profunda aversión a toda la casquería, y aunque no tengo reparos en general con los productos de origen vegetal, hay algunas verduras cuya existencia me parecen un claro insulto al buen gusto.

Las putas endibias ¿Se puede saber que tipo de enfermo decidió que una achicoria mal sembrada podía ser comestible? Los belgas tienen mucho de qué responder ante el Tribunal de la Haya.

Pero esa no es la cuestión: si algo aprendí de niño es que, me gustara o no lo que hubiera en el plato, había que comérselo. Esa es nuestra política al respecto, pero nos cuesta un batallar casi diario.

Por supuesto nuestro retoño tiene sus preferencias culinarias  y hay una serie de platos que nunca son mirados con desdén. Por desgracia son pocos y no demasiado variados.

La omnipresente cocina italiana es acogida con palmas orejiles, ya sea en forma de macarrones, espaguetis, lasaña o pizza. Sobre todo esta última, elaborada artesanalmente por aquí su humilde servidor, es alabada como manjar de dioses y alimento perfecto. No obstante esta selecta muestra de delicias carbohidratadas tiene que seguir una serie de normas cuasirreligiosas cuya alteración provoca un aluvión de protestas. Por ejemplo...

Los macarrones son con atún y los espaguettis con bolognesa. Cualquier intento de alterar esta sagrada disposición recibe vituperios y palabras soeces.

La lasaña debe incluir espinacas. Si la bolognesa que preparo para el relleno no lleva una abundante dosis de espinacas picadas, me enfrento a ceños fruncidos y miradas del tipo me lo como porque no tengo más remedio pero esto es maltrato infantil.

La pizza debe ser de atún o salchichas, y no hay más opciones. Cuando en casa de algún amigo o en el colegio piden telepizzas (puaj) se come con deleite y ruidos guturales la de jamón y queso. Si sugiero hacerla en casa de jamón y queso mi propuesta es acogida con un silencio glacial.


Por no mencionar sus miradas horrorizadas si nos ve a nosotros aprovechar la masa para hacernos una coca de verduras.

El arroz, los pimientos rellenos, los garbanzos.. no suelen plantear problemas, siempre que incluyan atún. Sé que es un producto bastante saludable, pero empiezo a estar preocupado ¿seguro que no es adictivo? ¿hay estudios al respecto? si se extingue alguna variedad de túnido ¿qué parte de responsabilidad tendrá mi hijo?

Sólo le gustan mis judías verdes. No lo entiendo: si en casa se las come y repite ¿porqué nunca le gustan las demás? No puede ser que el resto del planeta ignore como preparar un plato tan bobo ¿no?

Los guisos de cuchara siempre levantan protestas. SIEMPRE. Salvo el estofado, y aun así mi insistencia en las zanahorias como parte fundamental de ese plato produce gestos torcidos y disimulados intentos de dejárselas en el plato.

Hace cosa de medio año confesó que, siendo las albóndigas uno de sus platos favoritos, sus preferencias iban en este orden: campeona albondiguera, mi madre; honrosa segunda posición, casi rozando la primera, las mías (aprendí a guisar de mi madre #ejem #ejem) y a mucha distancia en el tercer puesto, las de su otra abuela. Tiene terminantemente prohibido mencionar ese tema en casa de mis suegros.

Las zanahorias no son la verdura más denostada. La sola imagen de los guisantes se traduce en amotinamientos tanto por parte del chaval como de su madre ¿se puede saber qué tiene la humanidad en contra de esas redondas e inocentes legumbres?

Un adicto al atún debería degustar con placer otros pescados ¿no? Pues no. Ya sea al horno, en guiso, a la romana o en forma de hamburguesas (vease foto superior) el resto de habitantes del mundo submarino son aborrecidos de forma estentórea, salvo quizás el pez espada, y creo que eso es porque nunca le dijimos que no era atún blanco (no tengo la culpa de que la publicidad se haya inventado esa estúpida categoría, así que me considero con derecho a emplearla a mi favor)

No le gusta la bechamel, lo cual no es raro, a su madre tampoco le gusta, pero me plantea serias dudas sobre sus genes. Si algo caracteriza a mi estirpe es el afan croquetil. A veces me pregunto si no nos lo darían cambiado...

¿Alguien sabe de alguna familia con fobia por la bechamel, cuyo hijo de 12 años sienta desenfrenadas ansias de comer croquetas? Si es así ponednos en contacto, please.

Pero, de todos los alimentos odiados, ninguno alcanza las cimas (o abismos) del huevo en cualquiera de sus formatos o presentaciones. Frito, cocido, a la plancha, en tortilla... el único modo de calzárselo sin excesivos problemas es en tortilla de patatas. De hecho hasta hace dos años ansiaba las tortillas de patatas. Por desgracia su abuela, incapaz de decirle que no, una tarde le hizo tres, se las comió casi sin respirar y de resultas del empacho le cogío tirria.

Nos queda el consuelo de que es un frugívoro impenitente y no ha salido demasiado goloso, así que las chuches no suelen ser un problema. Aunque ultimamente las mira con mas interés ¿estará falto de azucar? ¿de gelatina? ¿de ácido ascórbico y otros estabilizantes?

Por supuesto todo lo que se salga de sus platos selectos es una abominación, y la introducción de novedades siempre es recibida con escepticismo. Desde hace un año he iniciado una renovación en mis fogones, ampliando mi recetario con algunos platos novedosos (gracias sobre todo a Chez Thérèse ) y los resultados han sido desiguales: aplausos para la tartiflette, aceptación de los garbanzos al curry, miradas de odio ante la soupe a l'oignon... lo esperable.

Y así seguimos. Luchando el día a día, rindiéndonos a veces en aras de la comodidad y aguantando la pataleta en otras (las más).

Por suerte mi madre no sólo me enseñó a guisar. También me enseñó la respuesta perfecta para zanjar cualquier debate gastronómico

Cocino yo, así que te aguantas y te lo comes. Y si no te lo comes ahora te lo comerás en la merienda o en la cena, y frío.

Gracias, mamá.

viernes, 8 de marzo de 2013

...Y ROSIE APLASTÓ AL FASCISMO


Una mañana, trasteando en el armario donde mi madre guardaba sus cosas, vi una caja grande y en ella una muñeca. No era como las mías, en vez de vestidito llevaba un mono azul y un pañuelo rojo en el pelo. En vez de bolso, una caja con herramientas. Le pregunté a mi madre si podía dejármela para jugar a las casitas, y ella me dijo _cariño, Rosie no juega, Rosie gana guerras_ ¿Y quién es Rosie, mamá?_Todas éramos Rosie.

Durante la Guerra las naciones del Eje no contaron con las mujeres. De acuerdo a las consignas de Goebbels, su deber era encargarse del hogar, tener muchos hijos y estar bellas y deseables cuando sus hombres volvieran del frente. Los aliados hicieron lo contario.

Las inglesas se implicaron en el esfuerzo bélico muy pronto, en la industria, la agricultura, la sanidad, la vigilancia... y desempeñaron un importante papel en retaguardia del frente y logística. Las soviéticas trabajaron hasta el agotamiento, en condiciones tan duras que resulta difícil imaginar. Las obreras de Tankograd, en el invierno del 41, dormían bajo sus máquinas mientras otro turno trabajaba, reemplazando a sus agotadas compañeras según se despertaban y comían algo, a veces a cielo abierto, en talleres a los que aún no se les había puesto techo. Miles de ellas, de hecho, combatieron y murieron. En ambas naciones la guerra era real, se vivía día a día, se masticaba en forma de bombardeos, destrucción y muerte, nadie se planteaba que la mitad de la población estuviera de manos cruzadas mientras la otra mitad luchaba. Pero en América la guerra no era visible.

EEUU necesitaba reclutar millones de hombres para combatir en tres continentes y dos océanos, y debía producir inmensas cantidades de armas y equipamientos, ya que mantenía su esfuerzo y el de sus aliados. Había que movilizar a las mujeres en la industria. Hubo voces airadas:  la lujuria reinaría en las fábricas, los hombres se desmoralizarían, las delicadas manos femeninas no podrían con el esfuerzo, sus pobres mentes no sabrían hacer el trabajo, se perdería la femineidad... La primera ola de trabajadoras disipó las quejas y demostraron que podían desempeñar cualquier tarea, por dura o complicada que fuera. Funcionaba, pero hacían falta más, muchos más brazos. Se necesitaba un símbolo.

Había una canción con cierto éxito, Rosie the Riveteer, y alguien pensó en ponerle cara. La encontraron en una factoría de Michigan, construyendo bombarderos. Rose W. Monroe no era bella o glamourosa, pero desprendía fuerza y alegría. Vestía un mono azul y se sujetaba el pelo con un pañuelo. Así la fotografiaron y así llegó a todos los rincones. El éxito fue abrumador: más de veinte millones de mujeres respondieron


Rosie tiene muchas caras: la más célebre es la del poster de Howard Miller: desafiante, muestra sus brazos con firmeza. Brazos que mueven fábricas. Brazos de mujeres. Un mensaje sencillo: PODEMOS. Es uno de los mejores iconos del siglo XX,  tan poderoso y directo como el tío Sam

Rockwell la retrató en un instante de reposo, almorzando sin soltar sus herramientas: sudorosa, sucia, fuerte, grande, una mujer titánica que pisa con desprecio el MeinKampf. Inspirada, por cierto, en el Isaías de Miguel Ángel, y a riesgo de ser tachado de iconoclasta diré que Isaías palidece ante la contundencia de Rosie
.
20 millones de mujeres fueron Rosie. Algunas por patriotismo, otras tenían a alguien en el frente y querían ayudar, muchas porque por primera vez ganaban un sueldo de verdad, un sueldo que les permitía mantenerse y prosperar sin depender de nadie. No sólo blancas: chicanas, negras, chinas*... manos de todos los colores sacaron de las factorías un torrente inacabable de armas, carros, camiones, aviones, barcos, combustible, municiones, provisiones... una ola de acero que sepultó al nazismo bajo sus propias cenizas.
Y el gobierno empezó a preocuparse. La guerra acabaría pronto ¿qué pasaría entonces?
Rosie había sido demasiado eficaz: las mujeres habían mantenido en marcha el país, y tomado conciencia de que PODÍAN hacerlo. Eso daba miedo en Washington. Ya en el 45 empezaron las campañas de desmovilización femenina. Rosie fue desapareciendo poco a poco de los medios y se volvió a la letanía del ama de casa, la novia, la madre, la hija que esperaban ansiosas en el hogar el retorno de sus seres queridos.

La administración Truman dio la vuelta a las tornas poco a poco y la de Eisenhower consolidó la idílica imagen del American Way of Life, con amas de casa felices que esperaban el regreso de sus maridos del trabajo limpiando y guisando en casas ideales, vestidas con gracia y delicadeza. Faldas amplias y cinturita de avispa, peinados complicados que requerían horas de peluquería. Bellas, sin cerebro, sin voluntad. Un cliché multiplicado por el cine y la televisión hasta hacerlo cotidiano y casi real.

Pero no todas las Rosies olvidaron. El movimiento femenino que nació a finales de los 60 tiene sus cimientos en esas mujeres que demostraron que el trabajo y el esfuerzo es el camino para contruir una vida real, no un papelito secundario a la sombra de un hombre. Ya era así antes: las mujeres, salvo las de clase alta, protegidas como flores de invernadero, siempre han trabajado de sol a sol. Pero nunca se les había reconocido ese mérito, no hacían trabajo de verdad. Rosie fue el punto de inflexión, el momento de tomar conciencia. Por eso hubo que esconderla, como si nunca hubiera existido. Por eso no lograron hacerlo, porque lo que simbolizaba era demasiado grande como para enterrarlo y olvidarlo.

Rosie es universal. Hoy vuelven a oirse voces cavernarias que hablan de que la mujer debe regresar al hogar y dejar el trabajo a los hombres. Me da risa sólo pensarlo. Todas mis amigas son Rosie, aunque no lo sepan. Yo lo sé, lo veo día a día, y me alegra que sea así.

Rose Will Monroe siguió trabajando en las factorías Ford tras la guerra. Con 50 años, deseando volar los aviones que construia, se hizo piloto. Murió a los 77. En su tumba no están grabados sus apellidos. Sólo se lee Rosie the Riveteer, 1920-1997.

Sí, la chica de la última imagen es Marilyn Monroe, a los 18 años, en una factoría de municiones. Ella también fue Rosie.
 
* Las mujeres de origen japones no pudieron trabajar: estaban encerradas en campos de concentración por su propia seguridad, prisioneras en el país en que nacieron.