Mujer iroqués

jueves, 9 de marzo de 2017

ESTÁN LOCOS, ESOS CELTAS



Cuando pensamos en el mundo celta, todos tenemos algunas ideas preconcebidas muy similares. Muchas nos vienen dadas por la reivindicación y popularización del folklore celta en los últimos treinta años. Pero, para los que tenemos ya una cierta edad, esos conceptos nos vienen de antes, gracias a una historia que, sospecho, reconoceréis con una mínima introducción



Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor, Y la vida no resulta fácil para las guarniciones de legionarios romanos de los campamentos fortificados de Babaorum, Acuarium, Laudanum y Petibonum....

Sí: Astérix, la obra maestra de Goscinny y Uderzo*. Cuando Goscinny se planteó hacer una historieta de corte humorístico e histórico (un género que ya había tanteado en UmpaPah, el piel roja, también con Uderzo a los lápices) decidieron basarse en la imagen que habían recibido de niños, en la escuela, de Les gaulois, nos ancetres. Por ello, las historias de Astérix están repletas de tópicos, y no solo referidos a los galos, sino a todos los pueblos que pasan por sus páginas, incluídos los iberos, en el inolvidable Astérix en Hispania.

Acompañadme, por favor, a la aldea de Astérix. Vamos a ver qué hay de real en esa imagen que nos hemos hecho de los galos celtas (porque no todos los galos lo eran, como bien se comenta en Astérix en Bélgica).

Ante todo, el poblado. Nuestros amigos viven en una aldea rodeada por una empalizada, con casas de planta cuadrada o circular y tejados altos de paja. Esa idea es bastante correcta al hablar de pequeñas poblaciones. También la recreación que se nos hace en varios álbumes de Lutecia, la actual París, es bastante buena. Las ropas de Astérix, Obélix y sus amigos son, de nuevo, acertadas, salvo por el casco de Astérix, ya que el adorno de alas está más relacionado con algunos yelmos de jefes normandos, bastante posteriores. Los cascos celtas tendrían adornos, pero no cuernos ni alas. El aspecto físico también es adecuado: grandes bigotes, trenzas, robustez, y cabellos raramente oscuros. Una imagen muy céltica, lo miremos por donde lo miremos.

Vamos a repasar a los protagonistas, empezando por nuestros héroes, el pequeño guerrero galo y su amigo, el repartidor de menhires... ups... la primera en la frente. Los menhires no son de esa época, ni los dólmenes, que también son mencionados. Esos monumentos megalíticos son del neolítico tardío, como las alineaciones de Carnac (donde, por cierto, tiene un terrenito el pescadero Ordenalfabétix, que aprovecha los menhires de Obélix para acondicionar un poco el sitio). Así que no, los galos no tallaban menhires. 

Sí eran grandes herreros, como Esautomátix. Los herreros y orfebres celtas eran muy apreciados, y nos han llegado magníficos ejemplos de su artesanía, no sólo en forma de armas, sino también de piezas de gran belleza como el caldero de Gundestrup. Y joyas de gran riqueza. No, los celtas no eran las personas despreocupadas por el vil metal que vemos en estas aventuras, y antes de que llegara César había mucha más circulación de monedas de oro en la Galia que en Roma. 

El herrero, dicho sea de paso, no dedica mucho tiempo a la forja: solemos encontrar a Esautomátix de bronca con el pescadero Ordenalfabétix, o apaleando al pobre bardo Asurancetúrix al grito de No, no cantarás. Lo que en el mundo real le hubiera costado la vida. Los bardos eran, junto a los druidas, el espinazo del espíritu celta, porque no se trata de pueblos unidos por un origen étnico, sino por una cultura. Y el bardo era el depositario de las tradiciones, las canciones de gesta, los poemas, e incluso, por lo que sabemos, de lenguas secretas que sólo se comunicaban de boca de bardo a oreja de bardo. Amen de que eran itinerantes, y su llegada no sólo traía música y poesía, también noticias de pueblos muy alejados. Así que, lejos de permanecer atado bajo el roble durante los banquetes, Asurancetúrix debería haberlos presidido con su música y su voz, como en Astérix y los Normandos, para desesperación del pobre  Esautomátix. 

Otro personaje a destacar es, por supuesto, el jefe, Abraracúrcix, viejo veterano de la batalla de Gergovia, siempre portado sobre su escudo, salvo cuando se cae de narices, cosa que pasa muy a menudo. Aunque los jefes galos no iban sobre su escudo: esa imagen anacrónica corresponde a una costumbre de los pueblos francos, que también son antepasados de los franceses, así que puede que de ahí venga la confusión.

Sin ser jefe, el anciano Edapiédrix hubiera sido considerado un hombre de prestigio, ya que si bien la muerte en batalla se consideraba la mas gloriosa, el guerrero que llegaba a una edad avanzada pasaba a ser el hombre que instruía a los jóvenes. Y si encima estaba casado con la maciza de la aldea, aún sería más respetado.

El otro gran hombre de la aldea es el druida Panorámix. Y, si bien la poción mágica es una fabulación, es cierto que los druidas conocían muchas hierbas y, entre otras, preparaban pociones que enardecían a los guerreros y les hacían desdeñar el dolor, un poco como los bersekers noruegos e islandeses. Y sí, los druidas, según parece, vestían de blanco, y portaban una hoz de oro, como se explica en el álbum, precisamente llamado así, La Hoz de Oro, ya que se pensaba que sólo el metal del sol podía usarse para cortar el muérdago de los árboles, otro detalle que vemos a menudo en las historias de Astérix.

Es igualmente cierto que, como los bardos, los druidas daban sentido de unidad a los pueblos celtas: había grandes reuniones festivas en las lunas, los solsticios y los equinoccios en diversos sitios sagrados del mundo celta, como la isla de Mon, en Bretaña, o el bosque de los Carnutes, a donde se dirige Panorámix en Astérix y los Godos y El Adivino, un lugar que los propios romanos consideraban el centro espiritual de la Galia, e incluso más allá, ya que acudían druidas de Bélgica, Bretaña o incluso la lejana irlanda. Después de todo, los celtas no eran una cultura que favoreciera el aislamiento, y había mucho movimiento de gentes, mercancías, música, poesía... y vínculos entre ambos lados del canal de la mancha, como queda bien reflejado en Astérix en Bretaña.

Lo que no eran los druidas, era pacíficos humanistas. Sus rituales incluían sacrificios humanos propiciatorios, evisceración de prisioneros en vivo para leer los mensajes de los dioses en sus entrañas, y matanzas rituales como la terrible ceremonia del hombre de mimbre, en la cual se construía una figura antropomorfa de gran tamaño, se encerraba dentro a los prisioneros y se le pegaba fuego. En el mundo real, Panorámix, además de la hoz, usaría un cuchillo, y su túnica blanca tendría abundantes manchas de sangre.

Nuestros amigos, hablando de dioses, juran por Tutatis y por Belenos, por Belisama, por Lug, y a veces mencionan, con temor, a Taranis, como en El Adivino. El panteon celta era, como se menciona en ese álbum, una sociedad en sí misma, repleta de dioses, diosas, héroes... Y en efecto, el arte de la adivinación estaba muy extendido. Astérix cree que el adivino es un vulgar charlatán, pero el resto de habitantes de la aldea creen a pies juntillas en todo lo que éste dice, tal y como hubiera pasado en la realidad (y, de nuevo, acierta Goscinny, porque los romanos eran incluso más crédulos en todo lo referente a las predicciones).

Las técnicas de guerra de los celtas... ¿están bien reflejadas en estos álbumes? Pues, salvo por el hecho de que en ningún momento vemos carros falcados (y en Astérix en Bretaña bien podrían haber aparecido), lo cierto es que sí. El típico combate protagonizado por nuestros irreductibles amigos empieza con las legiones formando en cuadro, en triángulo y finalmente en tortuga, para desintegrarse bajo la acometida de una turba de galos chiflados repartiendo palos en todas direcciones. Puede parecer exagerado, pero los guerreros celtas se lanzaban al combate en tromba, cada guerrero junto a los de su tribu, cada grupo bajo las órdenes de su jefe, todos deseosos de llegar al cuerpo a cuerpo para demostrar su valor. Desnudos, según algunas fuentes, pero no está claro si es que realmente combatían en pelotas o, es una forma de decir que no usaban armaduras. No vemos armas celtas en estas peleas, ya que los vecinos de Astérix suelen liarse directamente a mamporrazos con los sufridos legionarios, o a lo sumo, en el caso de Obélix, enarbolando un menhir, así que en ese aspecto, al menos, la serie no nos da información. Como sí lo hace en el caso romano, con la salvedad de que los legionarios que vemos en estos álbumes van uniformados al estilo de los del Principado, no con el aspecto que tendrían en la época tardorepublicana.

Hay que añadir que los legionarios y sus jefes viven una vida de terror, porque en cualquier momento les pueden caer encima los de la aldea de los locos, encabezados, como siempre, por el enano tiñoso, el gordo monstruoso y su perrito. Y esto tampoco es tan exagerado como parece. Los romanos tenían en muy alta estima las cualidades guerreras de los celtas, ya fueran galos, belgas, astures, cántabros bretones, o galeses. Y sabían que la única manera de vencerles en campo abierto era resistiendo la gran acometida inicial, para contraatacar cuando el ímpetu hubiera bajado y sus rivales hubieran quedado desorganizados por su propio entusiasmo. De nuevo, Goscinny se merece nuestra aprobación, y también en Astérix, legionario, porque, si bien los legionarios eran romanos o itálicos, los celtas figuraron entre las tropas auxiliares.

Hemos hablado de los celtas, pero también están las celtas, protagonistas de pleno derecho, y aunque solo conocemos de nombre a tres de ellas, Clarabella, yelosubmarin y Falbala, no son figuras de adorno. Nuestros alegres galos tienen un gran respeto por sus mujeres, y así era en todo el mundo celta. Los romanos se escandalizaban de la libertad de las mujeres bárbaras, que no sólo tomaban pareja a su antojo, sino que se permitían opinar e incluso, gobernar. La poderosa reina Boudica de los Icenos se hubiera entendido a las mil maravillas con los irreductibles galos. Por cierto que Goscinny y Uderzo dibujaron una historia en dos paginas hablándonos de las mujeres de la aldea gala, historia que, como no podía ser de otra manera, acaba con nuestros amigos enzarzados colectívamente, a puñete limpio, que pocas cosas hay que más gusten a los celtas que una buena pelea entre colegas.

Y, finalmente, también aciertan Goscinny y Uderzo al retratar el carácter de esos bárbaros sanotes, alegres, vocingleros, siempre dispuestos a liarse a palos entre ellos para, acto seguido, festejar juntos y disfrutar de una buena fiesta, con abundante cerveza, guisos suculentos y, por supuesto, jabalíes. Sí, aun siendo pueblos ganaderos, para los celtas la caza era una forma de vida, y el jabalí una de las presas más codiciadas, no sólo por su carne y si grasa, sino por la prueba de valor que supone enfrentarse a pie firme a un jabalí adulto. Y los banquetes habrian sido tal y como nos muestra la página final de tantas y tantas aventuras, todo el poblado reunido en torno al fuego, en largas mesas sobre caballetes, y los jabalíes dando vueltas entre espetones, bajo la mirada ansiosa de Obélix, ya relamiendose solo de pensarlo.

Y no nos engañemos, todos hemos pensado alguna vez en imitarle, sin necesidad de cuchillo y tenedor, sólo coger ese jabalí chorreante de deliciosa grasa y aromatizado por hierbas, y liarnos a zampar como si no hubiera un mañana, como si el cielo fuera a caer sobre nuestras cabezas, y quizás murmurando, entre bocado y bocado...



...¡están locos, esos romanos!



* Que conste en acta. Astérix, por lo que a mí respecta, terminó con la muerte de Goscinny. Lo que hizo Uderzo después no merece ni un minuto de mi atención. Esos personajes se parecen físicamente a Astérix y Obélix, pero no son sino unas tristes sombras. Así que todo lo que comento en esta entrada va referido a las historias publicadas entre Astérix el Galo y Astérix en Bélgica. Al resto de la colección le dedico, de parte del buen Campodetenis, un Tururú tan grande como un dolmen

martes, 14 de febrero de 2017

Y NADIE ENTENDIÓ NADA II Afilando los dientes



El nuevo gobierno japonés fue ecléctico a la hora de buscar ayuda. Japón necesitaba un ejército, eso era evidente, pero también una armada para proteger sus costas. Al principio algunos clanes adquirieron buques de forma privada, cañoneros ingleses, por ejemplo, que lucharon en la guerra civil que siguió a la caída del shogunado y, posteriormente, se incorporaron a la naciente escuadra imperial. En 1871 se decidió que la marina seguiría el modelo británico, ya que la Royal Navy era la fuerza naval más importante del mundo. Los primeros ironclads, fragatas acorazadas, construídos expresamente para Japón fueron los Kongo y Hiei, botados en los astilleros Earle en 1875. Inicialmente se encargaron naves a empresas ingleses y franceses, a la vez que se empezaba a trabajar en disponer de astilleros modernos en el propio Japón, pero tras la inexplicable desaparición del crucero Unebi, construido en La Gironde, el grueso de las construcciones fueron a Gran Bretaña.

Francia no logró convertirse en el principal suministrador de buques al Imperio, pero inicialmente consiguió llevarse la parte del león en la formación del ejército japonés, ya que los asesores franceses empezaron a trabajar en la tierra del sol naciente desde 1867. El ejército imperial  empezó a tomar forma en 1871 y En 1873 se instauró la leva obligatoria: pasada la época de los samuráis (y pese a la resistencia de los nostálgicos, que cuajó en la rebelón Satsuma). Los militares japoneses pronto aplicaron su espíritu práctico y, sin desdeñar lo aprendido en las academias francesas, a partir de 1875 volvieron sus ojos hacia Prusia, vencedora indiscutible en los campos de batalla europeos, así los instructores germanos, seleccionados por el mismísimo general Moltke, vencedor de la guerra francoprusiana, pronto reemplazaron a los franceses. Eso se tradujo en una doctrina que enfatizaba la necesidad de una logística minuciosa, un contínuo adiestramiento de reservistas y una importante inversión en artillería, lo que suponía unos costes que, sumados a los  que implicaba la formación de la Armada Imperial, alcanzaban el 25% del total del presupuesto nacional japonés de 1890. Japón estaba decidido a convertirse en una nación en armas.

Y pronto podría poner a prueba sus músculos. La nueva nación necesitaba mercados para sus productos y el único a su alcance en ese momento, el reino de Corea, era, en la práctica, un estado títere del imperio chino. Ya había habido fricciones con el imperio vecino por Corea y Formosa, a mediados de los 70, pronto llegaría la lucha abierta

Cuando estalló la primera guerra sinojaponesa, en 1894, los observadores extranjeros estaban convencidos de lo inevitable de la derrota nipona. No sólo los recursos humanos de china eran muy superiores, además la emperatriz Cixi llevaba décadas armando a su ejército al estilo occidental y formando una escuadra poderosísima. En el momento de romperse las hostilidades, sólo la flota de Beyyang (una de las cuatro flotas chinas), estacionada en los puertos del norte, igualaba sobradamente al despliegue japones, incluyendo 8 poderosos cruceros acorazados construidos en Alemania y Gran Bretaña. Sin embargo, mientras en Japón se había planificado y ejecutado una política naval a largo plazo, la corrupción y el descrédito de la corte imperial hacían imposible disponer una flota de semejante tamaño en condiciones operativas. De hecho, los presupuestos destinados al mantenimiento de los buques y los sueldos de los marineros llevaban años siendo malgastados en construcciones suntuarias de la emperatriz, y la indisciplina reinaba a bordo de unos buques donde los marineros, a in de conseguir comida, vendían la pólvora de los proyectiles reemplazándola por arena teñida y empleaban los cañones como basureros.

Japón, no disponiendo de recursos para la adquisición de acorazados, había aplicado la política naval francesa de naves de pequeño y mediano calado para garantizar la defensa de sus costas y ejecutar ataques rápidos y contundentes, combinada con una rigurosísima instrucción artillera por parte de la Royal Navy y una disciplina impecable a bordo de sus buques. En la batalla del rio Yalu la escuadra china perdió la mitad de sus barcos y el resto no volvió a salir de puerto. Con el mar en sus manos, los japoneses podían mover sus tropas y suministros con total libertad y concentrarse rápidamente en los lugares decisivos, anulando así la enorme superiodidad numérica china. Los ejercitos chinos fueron vencidos uno tras otro y, con los japoneses a las puertas de Pekin, la emperatriz pidió la paz en marzo de 1895, pagando una humillante compensación económica y territorial que sólo fue paliada por la intervención rusa, que obligó a Japón a devolver Port Arthur, el más estratégico de los puertos chinos, para seguidamente ocuparlo y establecer allí su escuadra del Pacífico (al contrario que Vladivostok, la base Rusa más oriental, Port Arthur estaba libre de hielos todo el año).

El resultado de esta guerra demostró lo acertado de las medidas japonesas. Los observadores occidentales, sin embargo, no le dieron demasiada importancia, ya que se había tratado de una lucha entre razas inferiores a sus ojos, y pocos comprendieron hasta qué punto había mejorado la preparación militar nipona. Cinco años después, durante la rebelión boxer, las tropas japonesas lucharon codo con codo con los contingentes occidentales, pero siguieron siendo mirados con desdén por los europeos. Y mientras tanto, Japón se preparaba para dar el golpe decisivo que le permitiría reclamar un lugar en el concierto de las naciones. La intervención de Rusia en extremo oriente tenía la muy evidente intención de garantizar la supremacía de los romanoff en ese lugar del mundo, así que el enemigo a batir sería el Oso Ruso.

En la década transcurrida entre la guerra con china y el ataque a port Arthur, Japón invirtió muy bien la cuantiosa reparación de guerra pagada por los chinos. En 1904 el ejército había pasado de desplegar seis divisiones a disponer de 13 divisiones en activo y podía movilizar de inmediato otras tantas gracias a su programa de instrucción de reservas. Sus oficiales se habían instruído en las mejores escuelas disponibles, mientras que la oficialidad rusa solía elegirse por méritos de rango, sin recibir ningún tipo de instrucción. La artillería rusa disponía de un arma de gran calidad, el cañón francés de tres pulgadas, una de las piezas más modernas del momento, pero sus artilleros ni siquiera habían recibido instrucción sobre como cargarlo porque nadie se había molestado en traducir del francés los manuales de uso. Por el contrario, los artilleros japoneses llevaban años adiestrándose en el tiro en desenfilada y el apoyo alarga distancia, en coordinación con la maniobra de la infantería. También estaban llegando las primeras ametralladoras maxim, y mientras los soldados rusos seguían recibiendo una burda instrucción  de fuego por salvas, los fusileros japoneses se entrenaban en el tiro de precisión.

El tejido industrial de la nación había crecido de forma asombrosa, lo que garantizaba una logística segura tanto para el ejército como para la armada. La propia armada había sido enteramente renovada. El presupuesto militar de 1904 suponía el 31% del producto nacional, y se había utilizado sabiamente. El almirante Togo, que a los 15 años había visto con impotencia como la Royal Navy bombardeaba impunemente el puerto de Kagoshima, disponía bajo su mando de 6 acorazados de reciente construcción, 8 cruceros acorazados, 9 cruceros y casi un centenar de unidades menores entre destructores y torpederos. Los astilleros nacionales alistaban ya un 30% de sus construcciones y sus técnicos habían desarrollado un nuevo tipo de explosivo, la shimosa, más letal que los empleados por los cañones europeos del momento. La escuadra rusa era mucho más numerosa, pero estaba dividida entre el báltico, el mar negro y el pacífico. En Porth Arthur, el escuadrón del Pacífico alineaba 7 acorazados y 8 cruceros: suficiente, sobre el papel, para hacer frente a los japoneses, pero el adiestramiento de esas unidades era muy pobre, el mantenimiento estaba descuidado, y cualquier refuerzo tardaría meses y meses en llegar.

La situación era similar en tierra, Rusia podía movilizar seis veces más tropas que japón, pero todo debía llegar desde más allá de los urales, por la vía única del transiberiano.

Algunos militares rusos eran muy conscientes del peligro al que se estaban exponiendo, pero la corte de Nicolas II consideraba que bastaría mover un dedo para aplastar a los japoneses. El zar, que sumaba a su arrogancia una notable estupidez, una gran pereza para el trabajo y una notable nipofobia, se había rodeado de aduladores, y las opiniones de los observadores de otras naciones coincidían en que para Rusia sería un juego de niños apalear a los amarillos en cuanto se pusieran en marcha. Incluso la marina británica, sobre cuyo molde se había forjado la escuadra imperial, estaba segura de que los acorazados rusos ganarían la batalla decisiva sin dificultades.

Cuando, la noche del 8 de febrero de 1904, Togo ordenó a sus torpederos lanzarse sobre Port Arthur, todas las capitales occidentales pensaron que aquello no dudaría mas que unas semanas.

Habían pasado sólo 51 años desde que el comodoro Perry forzó al Japón feudal a firmar el tratado de Tanawaka. 51 años muy bien aprovechados.

domingo, 12 de febrero de 2017

Y NADIE ENTENDIÓ NADA I El despertar del Japón moderno


Cuando el comodoro Perry desembarcó en Kurihama, en 1853, Japón era una nación feudal, con una casta guerrera, los samurai, que asumía todo el poder militar a las órdenes del shogunado. 50 años después, el emperador reinaba sobre una sociedad industrial que desplegaba un poderoso ejército de leva, tan bien equipado como cualquier fuerza europea del momento, y una armada que estaba creciendo a toda velocidad gracias a las compras a astilleros extranjeros y ya empezaba a disponer de construcciones propias.

¿Cómo fue posible un salto de esa magnitud en apenas unas décadas? China, que se había visto igualmente forzada a abrirse al mundo tras la guerra del te, entraba en el siglo XX postrada de rodillas, fragmentada y humillada por las mismas potencias extranjeras que habían obligado a Japón a comerciar y aceptar legaciones.

La diferencia radica en dos apartados distintos. Por una parte, el final del shogunado no supuso un vacío de poder, ya que renovó la figura del emperador como guía de la nación unificada, mientras que en China la larga agonía de la dinastía imperial y la llegada de los misioneros había convertido el gobierno en una triste farsa (Tokugawa y sus sucesores, tras expulsar a los misioneros, extirparon de raíz todo resto de cristianismo, ya que veían tras las cruces un intento de penetración extranjera y una amenaza a su poder). Y, al contrario que en China, una pujante clase social había aprovechado la oportunidad para tomar el protagonismo que merecía por su relevancia económica.

Sobre el papel, Japón era una sociedad congelada, sin posibilidades de movimiento entre las clases sociales desde que el Taiko Hideyoshi ordenara la caza de espadas, desarmando a la población campesina (de la cual, paradójjicamente, provenía). El shogunado Tokugawa consolidó esa estratificación y, tras la unificación de Japón, sólo los samurai estaban autorizados a portar armas. La tierra se repartió entre los daimios y sus subordinados y los campesinos quedaron atados a la tierra, mientras que el comercio y la artesanía pasaban a ser consideradas como una actividad necesaria, pero de segundo orden. Sin embargo este estado de cosas era ilusorio. En los años que siguieron al establecimiento del shogunado la economía empezó a monetizarse y, década tras década, daimios y samurais fueron endeudándose y empobreciéndose, aunmentando en consecuencia los tributos exigidos a los campesinos, que por su parte buscaban modos de huir de su suerte. La economía de ciclo cerrado de Japón (salvo unos mínimos contactos comerciales en Nagasake, todo el país estaba cerrado al exterior) generó una floreciente clase de comerciantes, artistas, artesanos y trabajadores por cuenta ajena, que a su vez dieron origen y forma a una rica vida social centrada en las grandes ciudades.

Este panorama recuerda poderosamente al de la España del Siglo de Oro. Y, como en nuestra nación, la congelación social encontró una vía de escape en las artes populares, diendo forma a lo que se conocería como el Mundo Flotante

La película El Último Samurai retrata una sociedad japonesa idílica, centrada en el equilibrio y la perfección, forzada a convertirse en una caricatura de la occidental por la presión de los imperialistas extranjeros y la ambición de aristócratas sin escrúpulos. La realidad era muy diferente: la rigidez de la sociedad nipona mantenía a raya la presión de las clases que sostenían la economía pero carecían de poder político. Tras la caída del shogunado, esas clases se hicieron por el poder y se lanzaron a una frenética carrera para modernizar su nación, siendo muy conscientes del peligro que corría Japón ante las potencias extranjeras, y viendo con claridad cristalina que la única forma de preservar su independencia y hacerse respetar por los poderosos era alcanzando el mismo nivel de fuerza que éstos. Fuerza económica, a través del comercio, renovando la agricultura, importando alimentos y aprovechando el sobrante de mano de obra que esto acarrearía para crear un sólido tejido industrial. Y fuerza militar, porque, si unos pocos cañones habían bastado para desvanecer la ilusión de fuerza de los samurais, Japón necesitaría sus propios cañones para no convertirse en un títere en manos de sus nuevos vecinos

sábado, 7 de enero de 2017

UN REPASO


Otro año duro que dejamos atrás, y ya voy perdiendo la cuenta de cuantos han sido así. Puede que 2016 no haya sido tan difícil como otros, pero se ha hecho lento e irreal, como un inacabable día de la marmota. Quizás es eso lo que noto a mi alrededor, no desesperanza, sino algo más básico e instintivo: hastío.

Sin embargo, para mí no ha sido un mal año.

Me he llevado golpes, evidentemente, y algunos muy dolorosos. Pero me han sido útiles para abrir los ojos y aclarar mis prioridades. El tiempo, el esfuerzo y la atención no son ilimitados, y malgastarlos con personas para las que eres poco menos que invisible es un derroche lamentable. No nos engañemos: si aprendes a decir NO, le das valor a tu SÍ, y la gente que SÍ me importa, aquella a la que dedico mi tiempo (y no necesito citaros, sabéis quienes sois) está mejor que hace un año.

(Y me he visto pasmado y boquiabierto aplaudiendo a mi chica mientras bailaba, y disfrutando de muy buenos momentos con mi hijo)

El resto de la familia también sigue adelante con buen ánimo. En verano disfrutamos de una semana estupenda con mis primas en Segovia, y en octubre la ArteroCon2016 fue una pasada, con el regalazo de tener con nosotros a mi hermano Suso y su hija Ale. Casi la asfixiamos a besos y abrazos, pero aguantó, las chicas de nuestra familia son sólidas

Otro punto bueno de este año: he conocido a gente muy muy muy estupenda. En verano pude ponerle cara (y abrazo) a Encarna Revuelta, Pepa Pardo, Carlos Azagra y XCar Malavida. Este diciembre tuve el gustazo de conocer al resto de los malavideros y algunos dibujantes a los que estaba deseando ver, como Aitor Eraña, amén de disfrutar de un finde de frikismo del mejor con Darkor y las TodasGamer. En fechas diversas tuve una mañana estupenda con Daurmith, y un desayuno improvisado con Victoria, Ramón y su bebé que me dejó flipando de hormonas.

(Encontrarte con la gente a la que escuchas o lees es un placer que deberíamos permitirnos más a menudo)

He hecho muchas otras cosas, de hecho ha sido un año movidito:

_ Publiqué mi cuarto libro en HRM,el tercero como autor completo, y me llevé la sorpresa y alegría de saber que mis otros libros han gustado. Son tiradas discretas, pero se han vendido bien, y eso te deja un sabor de boca muy agradable.

_ Mi receta de magdalenas de café (bueno, de mía tiene poco, me limité a adaptar la receta básica de muffins que podéis encontrar en la red) está ahora en un estupendo tebeo (mil gracias, XCar)

_ He colaborado, y espero seguir haciéndolo, con el estupendo podcast Antena Historia (Antonio, que no llegue 2018 sin ponernos cara)

_ Me he estrenado como narrador junto a otra amiga (besazos, Athena, hay que montar otra)

_ Y, casi lo más chulo, monté una exposición de mis dinosaurios en (precisamente) el Dinosaurio (Marisol, cuando me lo propusiste me hiciste un regalazo)

También he hecho pan. Mucho, y cada vez mejor. Mis panes 3.0 ya tienen nivel profesional, y el imperio de la masa madre va expandiéndose poco a poco, implacable. Mis croquetas no van por mal camino, así que aún me convertiré en un cocinero decentito.

A nivel profesional... bueno, ya le dedicaré una entrada ese apartado, pero en conjunto sigo adelante y sigo aprendiendo. El día que no sea capaz de aprender habrá llegado el momento de tirar la toalla

Como colofón, personalmente me siento bien. Más viejo de años, escarmentado en algunas cosas pero lleno de curiosidad, un poco más sabio y de buen ánimo y forma física. Carmen y yo (primera vez que sales en mi blog, apañera) hemos corrido juntos unos cienes de kilómetros muy animados y llenos de risas, he logrado rascarle medio minuto a mi tiempo del año pasado en la SanSilvestre,y estirando mucho el concepto "enfermedad" habré estado enfermo o lesionado tres o cuatro días en todo el año, así que aún daré guerra durante unos años.

Objetivos para 2017... sólo dos: seguir caminando y procurar escribir más a menudo, que este año he tenido el blog bastante descuidado. No creo mucho en los objetivos, pero creo que puedo lograrlos.

Poco más que decir. Sed malos, no sonriáis si no queréis hacerlo, haced lo que os pida el ánimo, y que le vayan dando a quien os mire mal por hacerlo. Y aquí me encontraréis, mientras me queden cosas por decir y teclado para ponerlo en la pantalla.

Pero antes de terminar, y retomando la sección entitulada...

¡¡¡COMPRAD, COMPRAD MIS HERMOSOS JABALÍIIIIIIIIIIIIIIIES!!!

Os anoto algunos enlaces que deberíais visitar sí o sí

Yo he venido a hablar de mi libro, y lo encontraréis en HRM

Las publicaciones del Colectivo Malavida están a vuestra disposición en MALAVIDA

Si no tenéis Freaks, de Aitor Eraña, corred a por él.

Insisto en que disfruteis de un buen relato de Sherlock Holmes, de la mano de Daurmith

El Dinosaurio de Lavapies es el mejor sitio del mundo mundial y ya estáis tardando en visitarlo. Y COMO SE COME, AMIGOS

Y para entretener los ocios, esta es mi lista de podcast a recomendar con énfasis

LOS RETRONAUTAS, cifi viejuna de la más mejor

CHARRANDO DE TEBEOS (Y OTROS VICIOS AÚN MAS FEOS), que no necesita más explicación y sí mucho fuet

JITANJÁFORAS: literatura, buen humor y relatos con una voz que enamora, que también encontraréis en RADIO TOPO

LA VIÑETA sobre tebeos y cine mierder ¿y para qué más?

y, por supuesto... *redoble de tambores*

ANTENA HISTORIA (con la colaboración de este su humilde servidor)

martes, 13 de diciembre de 2016

LAS RAZONES DE SANCHO (y II)


...si acabase el mundo y alguien preguntase a los hombres: «Veamos, ¿qué habéis sacado en limpio de vuestra vida, qué conclusión definitiva habéis deducido de ella?», podrían los hombres mostrar en silencio el Quijote y decir luego: «Ésta es nuestra conclusión… ¿podríais condenarnos por ella?». (F. Dostoievsky)

Nuestro rústico amigo no es ciego. La gloria, las comodidades y la riqueza son tentadoras, pero en el fondo siente que Sancho el Gobernador no es Sancho Panza. Y tampoco Don Quijote es tal sin su escudero. Por eso, tras la última burla, el asalto y batalla nocturnos por la Ínsula, Sancho abraza a su burro, lo enjaeza, y parte, aunque intenten retenerlo con promesas y mieles, porque...


...más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se queden con Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano. Sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo

Por cierto que Sancho que entre alegre y triste venía caminando sobre el rucio a buscar a su amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernador de todas las ínsulas del mundo... nos da una nueva muestra de su nobleza, sin más testigos que las aves y los lectores. Se encuentra con unos pobres peregrinos y, no teniendo dinero para darles, comparte con ellos lo poco que lleva, un pan y algo de queso. Al ir a seguir su camino, uno de ellos le reconoce y le habla


—¿Cómo y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?

Un morisco, desterrado de su tierra, señalado por la ley como enemigo de Dios y del Rey, disfrazado para eludir a la Santa Hermandad. Pero Sancho sabe que ley no es justicia, y se funden en abrazo. Esa noche compartirán confidencias, noticias, recuerdos y afecto. Ricote ofrecerá riqueza a Sancho, pero el elige, una vez más, su camino, el que comparte con Don Quijote.

Y allá van de nuevo, pese a las súplicas de los Duques, porque quien se dice andante no puede permanecer ocioso y cortesano. Así que, a lomos del rucio y de Rocinante, parten, más unidos que nunca, tras su larga separación. Que bien dijo en su momento Don Quijote a sus hospedantes...

yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad, 

Ni Sancho buscaría otro señor, ni más destino que seguirle. De hecho demuestra ser el único que quiere a Don Quijote, sólo él le es fiel, contra viento y marea. Y cuando, tras el triste duelo con el Caballero de la Blanca Luna, vuelven, vencidos, hacia su tierra, y alguien le dice...

—Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.
—¿Cómo debe? —respondió Sancho—. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y más cuando la moneda es locura

Y, si no han de ser caballero y escudero, pastores serán, y ya casi paladean esa nueva vida, de nuevo en el camino, sin más techo que las estrellas.


Pero el sueño tiene un final. Los que se han empeñado en curar a Don Quijote, sin duda pensando en su bien, le han arrebatado lo que de verdad le importaba, y, por fin cuerdo, don Alonso Quijano, el Bueno, ya no tiene motivos para vivir. Bien lo sabe Sancho, que no duda en acusarse de todo lo malo

Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

No hay caso. Don Quijote ya no está, y don Alonso sólo espera su turno para marchar. Pero, incluso cuerdo, sabe cuanto le debe a su amigo

 si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece.

La muerte de Don Alonso cierra la historia. Nunca sabremos qué fue de Sancho. Su vida seguirá, y están Teresa y Sanchica, que nunca han dudado de él (igual que él nunca dudó de su señor), por mucho que sus actos les parecieran incomprensibles. Hace años me atreví a imaginar un final, pero es innecesario. Don Quijote, que no Don Alonso, le hizo un regalo, cien, mil veces más valioso que todas las ínsulas o reinos de este mundo: le dio la oportunidad de elegir.

Y esas son, para mí, las razones de Sancho. No siguió al loco por codicia o engaños. Eligió seguirle por su nobleza, la verdadera, y al hacerlo eligió la libertad.


El Quijote es EL LIBRO. Lo fue hace siglos y lo es hoy. Cervantes no sólo creo una forma de narrar única, que resiste sin desgastarse el paso del tiempo, además nos regaló una obra inacabable, porque quien lo ama nunca termina de leerlo. Para mí es, sobre todo es un canto a la libertad. La libertad de abrazar a quien, diga lo que diga el rey, es tu vecino y amigo. La libertad que defiende Marcela, la pastora, en la primera proclama feminista de la literatura universal. La libertad de quien señala la hipocresía y la molicie, mientras revela la nobleza de la gente común. Y, por encima de todas, la libertad del camino, porque nadie es más libre que quien a nadie debe y a nada se sujeta, salvo a sus principios. 

Volveré a leerlo, y volveré a asombrarme, y descubriré que sigo sin entenderlo, y que bajo lo que yo creo hay otro libro totalmente diferente. Como será diferente el que descubrirá quien quiera que lo coja por primera, segunda o quinta vez. Animaos y no os dejéis intimidar por los prejuicios: leed el Quijote, soñad, y regalarnos vuestros sueños

viernes, 9 de diciembre de 2016

LAS RAZONES DE SANCHO (I)


Hace un tiempo, disfrutando de un paseo con E, surgió El Quijote en la conversación. Ella me dijo, en un momento dado, que no entendía porqué Sancho sigue a Don Quijote, y me pareció una duda muy interesante. ¿Porqué un personaje que encarna el buen sentido sigue a un loco?

Por supuesto, Don Quijote ha hecho unas promesas. Su escudero recibirá parte de los bienes que conquiste durante sus aventuras y, por su fidelidad, le hará gobernador de alguna de las ínsulas que ganará en combate. Así que Sancho acepta seguir a su vecino Alonso por codicia. Sin embargo esto sólo explica la segunda salida de Don Quijote, pero deja sin responder el resto de la obra

Tras volver al pueblo al final del primer libro, Sancho ya sabe qué puede esperar a cambio de su servicio. La aventura no le ha reportado ni un maravedí, sólo privaciones, cansancio, humillaciones, burlas y palizas. Y sin embargo, al comienzo del segundo libro, Don Quijote sólo necesita decirle, vamos, y allá va Sancho sobre su burrito, sin dudarlo ni un instante.

¿Porqué? Podríamos resolverlo diciendo, Sancho es tonto, pero sabemos que no es tal, sino simple*, y esa simpleza debería protegerlo de cometer locuras, así que tras su fidelidad hay otro motivo. Personalmente, creo que Sancho ha aceptado su destino.

Podría volver a ser un labrador, un trabajo honesto, con un buen pasar, junto a su mujer y su hija. Olvidar andanzas y desandanzas y retomar su vida donde la dejó. Pero ya no es el hombre que salió de ahí meses atrás. Quedarse significa volver a ser uno de entre sus paisanos, con la comodidad de no tomar decisiones, sólo dejar que un día suceda a otro, todos iguales y sin sobresaltos. Pero ha conocido la libertad del camino, y asume el precio de esa libertad. Al partir elige no ser uno más, sino Sancho Panza.

Marcha con orgullo, pisando firme. Habrá dudas, como las que le carcomen tras la aventura del barco encantado, e incluso él mismo trata de tomar ventaja, haciendo creer a Don Quijote que Dulcinea ha sido encantada, pero Sancho ha elegido su camino, porque ve lo que no ven los demás. Bajo la locura, el ridículo y las burlas, Don Quijote no es un bufón, sino un caballero. Y él es el escudero del mejor y más noble de los caballeros.

Por supuesto que Don Quijote es noble. Lo es de nacimiento, pues es hidalgo y eso le presupone honradez, valor y dignidad. Pero lo es además en el verdadero sentido, porque sus actos, sus pensamientos y sus decisiones son nobles. Y con él, lo es Sancho que, eligiendo servir, se ha hecho libre. Por eso los papeles de amo y criado van difuminándose, y llegarán a ser amigos. Cómplices, incluso, como se muestra en la aventura del caballo Clavileño, en tierras de los Duques, cuando Sancho relata sus imaginadas aventuras por los cielos...

... llegándose don Quijote a Sancho, al oído le dijo:
—Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más.

He mencionado a los duques: tienen alta cuna, riquezas, tierras, servidores... ¿y qué nobles hazañas hacen con todo ello? Matar el aburrimiento y burlarse de lo que no entienden. Don Quijote podría darles cien lecciones de nobleza. Sancho les dará doscientas. Le nombran gobernador de la ínsula Barataria buscando reírse de sus torpeza, y en cambio se asombran, pues demuestra ser buen gobernador, no sólo por su celebrado sentido común, sino por su nobleza.

Así, cuando quieren darle tratamiento de Don, responde, seco, advertid, hermano —dijo Sancho—, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura cuatro días yo escardaré estos dones

Y cuando, para confundirle, le plantean un caso irresoluble, lo resuelve no con la letra de la ley, sino con su espíritu: que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal. Y esto lo diera firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador desta ínsula, que fue que cuando la justicia estuviese en duda me decantase y acogiese a la misericordia.

No son esos los hechos de un patán, sino grandeza. La que les falta a los duques que, teniendo frente a ellos a dos seres singulares, no saben verlos. El único que no se asombra es Don Quijote, para quien la nobleza de Sancho es tan natural como la propia...


* Dice Terry Pratchett que no deben confundirse simpleza y tontería. Una espada es simple.

jueves, 10 de noviembre de 2016

LOS POLIPANES II (Pensando el pan)


Dedicado a Diana, que ha escuchado mis chaladuras panarras con la paciencia de una monja budista merecedora de una buena reencarnación 

El pan es un buen objeto sobre el que pensar. Es, quizás, el alimento más humano de todos, a la vez que un símbolo cultural básico. Usamos su nombre como sinónimo de alimento: a ganarnos la vida le decimos ganarnos el pan, y la bendición de la mesa, en su forma más sencilla, agradece el pan.

Los trabajadores que levantaron las pirámides eran pagados con pan, cerveza y cebollas. Lázaro de Tormes mendiga pan. La gente sobrevivía a base de pan hace apenas 100 años. Es la base de platos como las migas de pastor o las sopas de ajo, es decir, lo que se comía cuando no había otros alimentos, lo que te mantenía vivo durante los meses de escasez, hasta la siguiente cosecha.

Sin embargo sabemos que algo más del 1% de nuestra población sufre la enfermedad celíaca, lo que puede parecer una cifra reducida pero es muy significativa. Por no mencionar otros problemas que parecen relacionados con el gluten, como dolores articulares, inflamaciones...Y desde luego alguien que intentara alimentarse de esa forma se encontraría enseguida con grandes deficiencias nutricionales ¿Como encajan entre sí esos hechos?

Hay quien se dirá, esto es que el trigo que estamos usando es una mierda, no como el trigo de antes, el de nuestros abuelos, ese sí que era saludable, pero claro, con tanto experimento genético a saber qué nos estamos comiendo. Pero ya os adelanto que no es así. El trigo que se cultiva hoy en día tiene tan buen valor nutricional como el de antes, es decir, bastante parcial, ya que los cereales tienen un alto porcentaje de hidratos, proteínas de baja calidad como el gluten (con escasos aminoácidos esenciales) y ciertas cantidades de vitaminas, principalmente de los grupos B y E. Es así ahora y era así hace 4000 años así que ¿cual es la diferencia?

Mi hipótesis es que la diferencia está en el procesado del cereal. Los polipanes están hechos a la antigua usanza, con masa madre como fermento. La masa madre no es otra cosa que un ecosistema en miniatura, un cultivo de microorganismos. Incluye algunas levaduras pero, sobre todo, contiene bacterias. Y, si bien no hay dos madres iguales, y su composición varía con el tiempo, la mayor parte de ellas son lactobacterias, que generan ácido láctico y le dan a la masa fermentada su característico olor como a yogur.

¿Qué sucede durante el proceso de fermentación? Las bacterias empiezan a alimentarse de la harina, descomponiendo los carbohidratos en azúcares sencillos para construir sus propios carbohidratos estructurales y como fuente de energía primaria, generando CO2 en el proceso, de ahí que la masa se llene de burbujitas. Al mismo tiempo descomponen la proteína vegetal y, a partir de ella sintetizan nuevas proteínas, mucho más completas a nivel nutricional que el simple gluten, es decir con más aminoácidos esenciales.

Muy resumidamente, lo que hacen nuestras lactobacterias es convertir un alimento de baja calidad en uno mucho mejor, con carbohidratos de cadena larga, que digerimos más lentamente, sacian más y nos permiten un uso más razonable de la energía. Sigue habiendo gluten, pero el porcentaje es menor y en su lugar tenemos proteína bacteriana, más útil para nuestro organismo y más digerible (el gluten es una proteína de procesado difícil). Es decir, al fermentar el pan hacemos lo mismo que los rumiantes, que ingieren alimentos de baja calidad para alimentar a sus bacterias estomacales, y luego digieren esas bacterias.

¿Qué sucede, en cambio, con el pan comercial? La industria alimentaria abarata sus costes prescindiendo de la fermentación, levando el pan con gasificantes. Al comer una baguette ingerimos la harina horneada en crudo, con sus carbohidratos y proteínas originales. Eso obliga a emplear variedades de trigo con un porcentaje muy elevado de gluten, a fin de formar la miga en las apenas dos horas que suele durar el proceso de levado (el gluten, como su nombre indica, aglutina la masa). Además la mayor parte del pan se hace con harina blanca, sin cáscara, lo que reduce aun más el valor alimentario del producto, ya que es en la corteza donde es más alto el porcentaje de carbohidratos de cadena larga.

El resultado es doblemente pernicioso. Por un lado ingerimos una cantidad enorme de gluten sin procesar. El gluten no es muy asimilable, así que una buena cantidad de fragmentos no digeridos pasan por nuestro intestino. Una vez se manifiesta la enfermedad celíaca, basta una mínima cantidad de gluten para desencadenar sus síntomas, pero ésta no llega a manifestarse sin una sobreexposición. Es decir, una persona puede tener la propensión a desarrollar la enfermedad, pero no la hará si no hay un exceso de gluten sin digerir en su intestino. Un pan elaborado por fermentación tendrá mucho menos gluten que uno de procesado industrial, luego es menos probable que produzca intolerancias.

El otro problema está en los hidratos. Los carbohidratos de la harina refinada son, en su mayor parte, de cadena corta, y no van acompañados de minerales, vitaminas... es decir, son calorías vacías. Nuestro digestivo los descompone a toda velocidad en glucosa y, una vez se ha consumido la cantidad que requiera nuestro metabolismo, el sobrante se almacena como grasas. El problema no es solo de obesidad, ya que la presencia de grandes cantidades de glucosa en nuestro organismo genera picos de insulina constantes, lo que puede producir diabetes, bien por que el páncreas acabe sufriendo por el exceso de actividad, bien porque nos habituemos a la insulina y ésta deje de ser efectiva*.

Este problema está presente no sólo en el pan o la bollería. Las pastas, actualmente, se venden precocidas para ahorrar tiempo de elaboración (ahora mismo los canelones o las lasañas no se cuecen en casa). A fin de facilitar y acelerar el procesado industrial, se utilizan trigos cada vez más duros** para disponer de mayores cantidades de aglutinante. Y de nuevo hablamos de harinas  refinadas, luego los efectos serán similares a los del pan industrial.

En resumen, cuando hago mis polipanes, horneo panes más consistentes, sabrosos y aromáticos, y convierto una harina barata en un alimento saludable, de gran valor nutricional, con proteína de calidad e hidratos de cadena larga, que se digieren lentamente y no provocan picos de insulina. Un celíaco no podría comerlo, ya que las bacterias no eliminan todo el gluten, pero alguien con tendencia a desarrollar esa enfermedad sí, ya que no estará sobreexpuesto.

Dicho sea de paso, la fermentación produce una estructura proteica reticular, que se convierte en una miga elástica y firme que retiene bien el agua, con lo que un pan de masa madre se mantiene en condiciones de frescura hasta dos días después de su elaboración, y se conserva perfectamente en el congelador: Por el contrario, un pan industrial se reseca en apenas unas horas, cuando no se convierte en un chicle, al congelarlo y descongelarlo se desmenuza con facilidad, y, en su mayor parte, es aire rodeado de miga.

Panificar es relajante. Sienta bien hacer un alimento con las propias manos, notando su textura a lo largo del proceso, viendo como cambia con el amasado, observando (y comprendiendo) los procesos de fermentación y, como dice Iban Yarza, pegando la nariz al horno para verlo crecer y dorarse. De remate, un buen pan es bello, Su color y textura, incluso su crujido son una delicia para los sentidos.

No todo el mundo tiene tiempo para ello, pero si disfrutáis de esa posibilidad, intentadlo. Pringarse de masa es una buena forma de recordar que la comida no cae del cielo, ni surge de la nada. Pensad que los movimientos que estáis haciendo son los mismos que hicieron las primeras manos panaderas, hace quizás 10000 años.

Y cuando guardéis el poquito de masa madre para la siguiente hornada, dadle las gracias y las buenas noches a las bacterias. Ellas también se ganan sobradamente el pan.

* La insulina es un avisador de que hay glucosa disponible. Si hay insulina de forma casi constante en el organismo, se produce el efecto que viene el lobo y deja de ser eficaz

** Yo utilizo una harina con un 10% de proteina. Las harinas de trigo duro de panes y pastas industriales rozan el 15%, casi un 50% más.